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TEMA 5. COMBATE, VIGILANCIA Y DISCERNIMIENTO

Punto 158

La vida cristiana es un combate permanente, se requiere fuerza y valentía. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida.

 

EL COMBATE Y LA VIGILANCIA

 

P.159

No se trata solo de un combate contra el mundo, que nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo sino también contra la propia fragilidad.

P.160 y 161

El poder maligno está entre nosotros, es lo que nos permite entender por qué a veces el mal tiene tanta fuerza destructiva. Cuando Jesús nos dejó el Padrenuestro quiso que terminásemos pidiendo al Padre que nos libere del Malo. No nos descuidemos ni bajemos la guardia para que él no aproveche para destruir nuestra vida.

P.162

La Palabra de Dios nos invita a detener “las flechas incendiarias del maligno”. Para el combate tenemos armas poderosas: la fe, la oración, la Eucaristía, obras de caridad, vida comunitaria…

P.163

El desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor son el mejor contrapeso ante el mal. Nadie resiste si opta por quedarse en un punto muerto, si se conforma con poco, si deja de soñar con ofrecerle al Señor una entrega más bella. Menos aún si cae en un espíritu de derrota, porque “el que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos”.

P.164

El camino de la santidad es una fuente de paz y de gozo que nos regala el Espíritu, pero al mismo tiempo requiere que “estemos con las lámparas encendidas” y permanezcamos atentos.

P.165

La corrupción espiritual es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad.

 

EL DISCERNIMIENTO

P.166

¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo? Mediante el discernimiento, que es un don de Dios.

P. 167

El hábito del discernimiento es necesario porque la vida actual ofrece enormes posibilidades de acción y de distracción, y el mundo las presenta como si fueran todas válidas y buenas. Podemos convertirnos fácilmente en marionetas, a merced de las tendencias del momento.

P. 168 a 170

Somos libres, con la libertad de Jesucristo, pero él nos llama a examinar lo que hay dentro de nosotros –deseos, angustias, temores, búsquedas- y lo que sucede fuera de nosotros. “Examinadlo todo, quedaos con lo bueno” (1Ts 5,21)

El discernimiento no sólo es necesario cuando hay que resolver problemas o tomar decisiones, sino que es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor, y no desperdiciar sus inspiraciones, para no dejar pasar su invitación a crecer.

Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, en la entrega de cada día. Se trata de entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno y conduce a la fuente misma de la vida que no muere: conocer al Padre y a Jesucristo. Es imprescindible la oración para percibir mejor ese lenguaje, para recomponer la existencia a la luz de Dios.

P.172 a 174

El discernimiento requiere escuchar al Señor, a los demás, a la realidad misma que siempre nos desafía de maneras nuevas. Tal actitud requiere obediencia al Evangelio. Una condición esencial para el progreso en el discernimiento es educarse en la paciencia y en los tiempos de Dios que no son los nuestros.

P.175 a 177

El discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos.

María vivió como nadie la presencia de Dios, ella no acepta que nos quedemos caídos. Basta que digamos una y otra vez: “Dios te salve, María…”

 

EL VÍDEO DEL PAPA

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ORACIÓN FINAL

Oración de Santa Teresa de Jesús
al Cristo Crucificado

 

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

¡Tú me mueves, Señor! muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, Tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.


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TEMA 4. ALGUNAS NOTAS DE LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL

Puntos 110 y 111

En este capítulo se recogen algunas expresiones espirituales, necesarias para entender el estilo de vida al que el Señor nos llama.
Destacando cinco manifestaciones del amor a Dios y al prójimo.

 

1-AGUANTE, PACIENCIA Y MANSEDUMBRE 

P.112
Estar centrado, firme en torno a Dios que ama y que sostiene. Desde esa firmeza interior es posible aguantar, soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las agresiones de los demás, sus infidelidades y defectos. Quien se apoya en Dios, también puede ser fiel frente a los hermanos, no los abandona en los malos momentos y no se deja llevar por su ansiedad.

P.113 y 114
San Pablo invitaba a los romanos a no devolver a nadie mal por mal, a no querer hacer justicia “por vuestra cuenta”. A “vencer el mal con el bien”. Hace falta luchar y estar atentos frente a nuestras propias inclinaciones egocéntricas. Para ello recurrir al ancla de la súplica, para quedar en las manos de Dios.

P.115 y 116
Se puede caer en formar parte en redes de violencia verbal a través de internet. Se pasa por alto el octavo mandamiento: “No levantar falso testimonio ni mentir”, y se destroza la imagen ajena sin piedad. El santo no gasta sus energías lamentando los errores ajenos, es capaz de hacer silencio ante los defectos de sus hermanos, no se cree digno de ser duro con los demás, sino que los considera como superiores a uno mismo.

P.117 a 120
No nos hace bien mirar desde arriba, considerar a los otros como indignos, y pretender dar lecciones permanentemente. S. Juan de la Cruz: “Sea siempre más amigo de ser enseñado por todos que de querer enseñar aun al que es menos que todos. La humildad solo puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. La santidad que Dios regala a su Iglesia viene a través de la humillación de su Hijo, ese es el camino. Me refiero a las humillaciones cotidianas: preferir exaltar a otros en lugar de gloriarse, elegir tareas menos brillantes, evitar hablar bien de sí mismos. No digo que la humillación sea algo agradable, porque sería masoquismo, sino que se trata de un camino para imitar a Jesús y crecer en la unión con él.

P.121
Tal actitud supone un corazón pacificado por Cristo, liberado de esa agresividad que brota de un yo demasiado grande. No caigamos en la tentación de buscar la seguridad interior en los éxitos, en los placeres vacíos, en las posesiones, en el dominio sobre los demás o en la imagen social: “Os doy mi paz, pero no como la da el mundo”.

 

2- ALEGRÍA Y SENTIDO DEL HUMOR

P.122 y 123
Lo dicho hasta ahora no implica un espíritu apocado, tristón, agriado, sin energía. El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Si dejamos que el Señor nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, viviremos con alegría. Los profetas anunciaban el tiempo de Jesús que nosotros estamos viviendo, como una revelación de la alegría.

P. 124 y 125
María, que supo descubrir la novedad que Jesús traía, cantaba: “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”. (Lc 1,47). Jesús nos da una seguridad: “Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría.” (Jn 16,20.22)

Esa alegría nace de la certeza personal de ser infinitamente amado.

P.126 a 128
La alegría cristiana está acompañada del sentido del humor. La tristeza tiene que ver con la ingratitud, con estar tan encerrado en sí mismo que uno se vuelve incapaz de reconocer los regalos de Dios. S. Francisco de Asís se conmovía ante un pedazo de pan duro, y alababa feliz a Dios por la brisa que acariciaba su rostro. El amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya que nos vuelve capaces de gozar con el bien de los otros.

 

3- AUDACIA Y FERVOR 

P. 129 y 130
La santidad es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. Para que sea posible, el mismo Jesús viene a nuestro encuentro y nos repite con serenidad y firmeza: “No tengáis miedo”. “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”. El Señor nos invita a gastar nuestra vida en su servicio.

P.131 a 133
La compasión de Jesús no era algo que lo ensimismara, lo movía a salir de sí con fuerza para anunciar, para sanar y liberar. Tenemos la feliz seguridad de que nada podrá separarnos del amor de Dios. Y tenemos el empuje del Espíritu

P.134 a 136
Siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro: individualismo, dependencia, pesimismo, refugio en las normas. Las dificultades pueden tener la función de hacernos volver a ese Dios que es ternura. Jesús nos primerea en el corazón del hermano, en su vida oprimida. Él ya está allí. Hay que abrir la puerta del corazón a Jesucristo, porque él golpea y llama.

P.137 a 139
Dejemos que el Señor venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a librarnos de la inercia. Desafiemos la costumbre. La Iglesia no necesita tantos burócratas y funcionarios sino misioneros apasionados. Pidamos al Señor la gracia de no vacilar cuando el Espíritu nos reclame que demos un paso adelante.

 

4- EN COMUNIDAD 

P. 140 a 146
Es muy difícil luchar contra las tentaciones si estamos aislados. Vivir o trabajar con otros es sin duda un camino de desarrollo espiritual. San Juan de la Cruz: “Estás viviendo con otros para que te labren y ejerciten”. La vida comunitaria está hecha de muchos pequeños detalles cotidianos, donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador.

 

5- EN ORACIÓN CONSTANTE

P.147 a 150
El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios en oración y adoración. Santa Teresa: “Tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama.” Esto no es solo para pocos privilegiados sino para todos. La oración confiada es una reacción del corazón que se abre a Dios frente a frente. En el silencio orante es posible discernir los caminos de santidad que el Señor nos propone.

P.151 y152
¿Hay momentos en los que te pones en su presencia en silencio, permaneces con él sin prisas y te dejas mirar por él? Si no le permites que él alimente el calor de su amor y de su ternura, no tendrás fuego y no podrás inflamar el corazón de los demás. La oración no es una evasión que niega el mundo que nos rodea, sino que ilumina la realidad que nos toca vivir.

P.153
La memoria de las acciones de Dios está en la base de la experiencia de la alianza entre Dios y su pueblo. Traigamos a la memoria también todos los beneficios que hemos recibido del Señor. En tu propia historia encontrarás tanta misericordia.

P.154
La súplica es expresión del corazón que confía en Dios, que sabe que solo no puede. En el pueblo de Dios encontramos mucha súplica llena de ternura creyente y de profunda confianza. La súplica de intercesión tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo.

P.155 y 156
No podemos dejar de adorar a Dios, en un silencio lleno de admiración, o de cantarle en festiva alabanza. La lectura orante de la Palabra de Dios, más dulce que la miel, nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos. La Palabra tiene el poder de transformar vidas.

P.157
El encuentro con Jesús en las Escrituras nos lleva a la Eucaristía, donde esa misma Palabra alcanza su máxima eficacia, porque es presencia real del que es la Palabra viva.

 


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TEMA 3. A LA LUZ DEL MAESTRO

ORACIÓN: El camino del Evangelio

Dios, Padre bueno, queremos seguir a Jesús
por el camino de las bienaventuranzas.
Por eso, ayúdanos Tú, hoy y siempre, a
ser pobre en el corazón.
Reaccionar con humilde mansedumbre.
Saber llorar con los demás.
Buscar la justicia con hambre y sed.
Mirar y actuar con misericordia.
Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor.
Sembrar PAZ a nuestro alrededor.
Aceptar cada día el camino del Evangelio.
Aunque nos traiga problemas.

 

Las Bienaventuranzas son el carnet de identidad del cristiano. Nada es más iluminador que volver a las palabras de Jesús y recoger su modo de transmitir la verdad. Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos al dejarnos las bienaventuranzas (Mt 5,3-12. Lc 6,20-23). Si nos preguntamos “¿cómo ser un buen cristiano?”, tenemos la respuesta: hacer cada uno a su modo, lo que nos dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas.

El término “feliz” o “bienaventurado”, pasa a ser sinónimo de “santo” ya que expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra en la entrega de sí, alcanzando la verdadera dicha.

Las palabras de Jesús nos pueden parecer poéticas; pero van muy contracorriente a lo que se acostumbra hoy en día. El mensaje de Jesús nos atrae, pero el mundo nos lleva hacia “otro estilo de vida”. Las bienaventuranzas no son algo liviano o superficial; sólo podemos vivirlas si el “Espíritu Santo nos invade con toda su potencia, nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo”.

Escuchemos a Jesús, con amor y respeto, que merece como Maestro. Permitámosle que nos golpee con sus palabras, nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida, si no la santidad será sólo palabras.

 

“Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”

El Evangelio nos invita a reconocer la verdad de nuestro corazón, ver dónde colocamos la seguridad de nuestra vida. El rico se siente seguro con su riqueza, cuando está en riesgo se desmorona. Jesús nos lo advierte en la parábola del “rico insensato: que podría morirse ese mismo día” (Lc 12, 16-21).

Esta pobreza de espíritu está muy relacionada con la “santa indiferencia” de San Ignacio de Loyola: “Es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es libre y no está prohibido… de modo que no queramos más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta… y todo lo demás”.

  1. Lucas no habla de “pobreza de espíritu”, sino de ser “pobres” (Lc 6,20). Nos invita a una existencia austera y despojada. Nos convoca a compartir la vida con los más necesitados. Configurarnos con Cristo que “siendo rico se hizo pobre” (2 Cor 8,9).

Ser pobres en el corazón, esto es santidad.

 

“Felices los mansos, porque heredarán la tierra”.

Es una expresión fuerte, porque clasificamos a los demás por sus ideas, costumbres, su forma de hablar o vestir. Es el reino del orgullo y vanidad, donde cada uno está por encima del otro. Jesús propone otro estilo: la mansedumbre. La practicaba con sus discípulos, en su entrada en Jerusalén: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica” Mt 21,5, Za 9,9).

“Aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29). Si vivimos tensos, engreídos; acabamos cansados y agotados. Mirar con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que los demás, podremos dar una mano a quien lo necesita. Decía Teresa de Lisieux: “la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades”.

La mansedumbre es un fruto del Espíritu Santo (Gal 5,23). Propone que si hay que corregir al hermano, hacerlo con: “espirito de mansedumbre” (Gal 6,1); y recuerda: ·también tú puedes ser tentado” (Gal 6,2). En la Iglesia muchas veces nos hemos equivocado por no acoger esta exigencia de la Palabra divina.

La mansedumbre es expresión de pobreza interior, de quien deposita su confianza sólo en el Señor. Es mejor ser siempre mansos. Así se cumplirán nuestros mayores anhelos: los mansos “poseerán la tierra”; verán cumplidas en sus vidas las promesas de Dios y gozarán de inmensa paz (Sal 37,9.11). El Señor confía en ellos: “En ese pondré mis ojos, en el humilde y el abatido, que se estremecerá ante mis palabras” (Is 66,2).

  Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad.

 

“Felices los que lloran, porque ellos serán consolados”
El mundo mira hacia otra parte cuando hay problemas de enfermedad o dolor en la familia, en su entorno. No quiere llorar; prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas. El mundo no quiere llorar, pero nunca falta la cruz.

Quien ve las cosas como realmente son, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y ser auténticamente feliz. Con el consuelo de Jesús puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y no huye de las situaciones dolorosas. De este modo la vida tiene sentido: comprendes el dolor, la angustia ajena. Lo hace “carne de su carne”. Según S. Pablo “Llorar con los que lloran” (Rom 12,15).

Saber llorar con los demás, esto es santidad.

 

“Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados”

“Hambre y sed” son experiencias intensas, responden a necesidades primarias: instinto de sobrevivencia. Jesús dice que “serán saciados”, ya que tarde o temprano la justicia llega y todos podemos colaborar para que sea posible.

La justicia que propone Jesús no es como la que busca el mundo, manchada por intereses mezquinos, manipulada por uno y otro lado. Es fácil entrar en este rol y entrar en la política del doy para que me den, donde todo es un negocio. Se sufre con la injusticia y nos quedamos observando cómo muchos se reparten la torta de la vida. Nos cansamos, a veces, de luchar por la verdadera justicia. Esto no tiene nada que ver con el hambre y la sed de justicia que Jesús elogia.

La justicia empieza haciéndose realidad en la vida de cada uno, en sus propias decisiones y se expresa buscando la justicia para los pobres y débiles. “Justicia” puede ser sinónimo de fidelidad a la voluntad de Dios. Le damos un sentido que se manifiesta en la justicia con los desamparados. “Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho al huérfano, defended a la viuda” (Is 1,17).

Buscad la justicia con hambre y sed, esto es santidad.

 

CANTO
Bienaventurados seremos, Señor

Seréis bienaventurados /
los desprendidos de la tierra.

Seréis bienaventurados /
porque tendréis el cielo

Seréis bienaventurados /
los que tenéis alma sencilla.

Seréis bienaventurados /
vuestra será la tierra.

Seréis bienaventurados /
los que lloráis, los que sufrís.

Seréis bienaventurados /
porque seréis consolados.

Seréis bienaventurados /
los que tenéis hambre de Mí.

Seréis bienaventurados /
porque seréis saciados.

Seréis bienaventurados /
porque tenéis misericordia.

Seréis bienaventurados /
porque seréis perdonados.

Seréis bienaventurados /
los que tenéis el alma limpia.

Seréis bienaventurados /
los que veréis a Dios.

Seréis bienaventurados /
los que buscáis siempre la paz.

Seréis bienaventurados /
hijos seréis de Dios.

Seréis bienaventurados /
los perseguidos por mi causa.

Seréis bienaventurados /
porque tendréis mi Reino.

 

“Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”

La misericordia tiene dos aspectos: 1) dar, ayudar, servir… 2) perdonar, comprender… Regla de oro: “Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella” (Mt 7,12).ser misericordioso es dar y perdonar, reproducir en nuestras vidas un reflejo de la perfección de Dios, que da y perdona sobreabundantemente. San Lucas nos dice: “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados: perdonad, y seréis perdonados; dad y se os dará” (Lc 6,36-38). “Con la medida con que midiereis se os medirá” (Lc 6,38). No nos conviene olvidarlo.

Jesús no dice: “Felices los que planean venganza”, sino, llama felices a los que perdonan setenta veces siete” (Mt 18,22). Todos nosotros somos un ejército de perdonados. Hemos sido mirados con compasión divina.

“Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad”.

 

“Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios”
Se refiere a quienes tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad. Un corazón así, que sabe amar, no deja entrar en su vida, nada que atente contra ese amor, que lo debilite o ponga en riesgo. “El hombre mira la apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam 16,7).

Tenemos que cuidar el corazón (Prov 4,23). Nada manchado por la falsedad tiene un valor real para el Señor. Él “huye de la falsedad, se aleja de los pensamientos vacios” (Sab 1,5). El Padre, que “ve en lo secreto” (Mt 6,6), reconoce lo que no es limpio, lo que no es sincero, sino sólo apariencia. El Hijo sabe bien “lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2,25).

No hay amor sin obras de amor. El Señor espera una entrega al hermano que brote del corazón: “Si repartiera todos mis bienes a los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría(1 Cor 113,3).Lo que viene de dentro del corazón es lo que contamina al hombre” (Mt 15,18). En las intenciones del corazón se originan los deseos y decisiones: buenas y malas.

Cuando el “corazón ama a Dios y al prójimo” (Mt 22,36-40). Si esa intención es verdadera y no palabras vacías, ese corazón es puro y puede ver a Dios. “Ahora vemos como en un espejo, confusamente. Cuando reine el amor, seremos capaces de ver cara a cara” (1 Cor 13,12). Jesús promete que los de corazón puro verán a Dios.

     Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, eso es santidad.

 

“Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios

Somos agentes de enfrentamientos o malentendidos. Ej. Si escucho algo de alguien y voy a otro y se lo digo, o hago una nueva versión y, si logro hacer más daño, parece que me sienta mejor. El mundo de las habladurías y críticas, se dedica a destruir, no a construir. Esta gente es enemiga de la paz, para nada bienaventurada.

Los pacíficos son fuente de paz, construyen paz y amistad social. Jesús les hace una hermosa promesa: “Ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). Jesús pedía que al llegar a una casa dijeran: “Paz a esta casa” (Lc 10,5). La Palabra de Dios exhorta a cada creyente a buscar la paz junto con todos (2Tim 2.22). “el fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz” (Sant 3,18). Si tenemos dudas acerca de lo que hay que hacer, “procuremos lo que favorece la paz” (Rom 14), porque la unidad es superior al conflicto.

Para nada es fácil esta paz evangélica que no excluye a nadie, sino que integra a las personas difíciles, complicadas, que reclaman atención, que son diferentes, son golpeados por la vida o tienen otros intereses. Requiere una gran amplitud de mente y de corazón. Porque no es un proyecto de “unos pocos para unos pocos”, se trata de ser artesanos de la paz. Ya que construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y certeza.

Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad.

 

“Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”

Jesús recuerda que los que son o han sido perseguidos por luchar por la justicia, por vivir comprometidos con los y por los demás; siguiendo un camino contracorriente, son personas que molestan. “Quien quiera salvar su vida la perderá” (Mt 16,25).

Se vuelve difícil vivir el Evangelio, muchas veces las ambiciones del poder o intereses mundanos juegan contra nosotros. Decía S Juan Pablo II: “esta alienada sociedad, de producción y consumo, hace muy difícil la donación de sí y la solidaridad interhumana”. Impide un auténtico desarrollo humano y social; así es difícil vivir las bienaventuranzas.

La cruz, los cansancios y dolores, que soportamos por vivir el mandamiento del amor, y camino de la justicia, es fuente de maduración y santificación. El Nuevo Testamento, habla de los sufrimientos soportados por la persecución por el Evangelio (Hch 5,41; Flp 1,29;Col 1,24; 1Pe 2,20, 4,14-26; Ap 2,10).

Hablamos de persecuciones inevitables, no las que ocasionamos nosotros de modo equivocado de tratar a los demás. Un santo no es alguien raro, lejano, insoportable por su vanidad, negatividad o resentimientos. Hechos nos cuenta con insistencia, que ellos gozan de la simpatía “de todo el pueblo” (2,47; 4,21-33; 5,13). Mientras otros los acosaban y perseguían (4,1-3; 5,17-18).

Las persecuciones no son cosa del pasado, hoy también las sufrimos, de manera incruenta o de tantos mártires contemporáneos, por calumnias y falsedades. Jesús dice que habrá felicidad cuando: “os calumnien de cualquier modo por mi causa” (Mt 5,11).

Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad.

 

El gran protocolo es buscar la santidad que agrada a Dios: “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25-36).

Ser santos es descubrir a Cristo en el rostro de los sufrientes. Reconociendo sus sentimientos y opciones más profundas en las que, cada santo, intenta configurarse.

Aceptar las exigencias de Cristo sin excusas, con sincera apertura, sin comentarios. El Señor nos dejó bien claro que la santidad no puede entenderse ni vivirse al margen de estas exigencias. La misericordia es el “corazón palpable de Evangelio”.

Tenemos que reconocer la dignidad de todo ser humano. Reaccionando con fe y caridad ante las necesidades de este. Son personas amadas infinitamente por el Padre. Son imágenes de Dios, redimidas por Jesucristo. ¿Se puede ser cristiano, o entender la santidad, viviendo al margen del reconocimiento de la dignidad de todo ser humano?

Buscar un cambio social implica para los cristianos una sana y permanente insatisfacción. Aliviar a una sola persona justificaría nuestros esfuerzos, eso no nos basta. No se trata de realizar algunas obras, sino de buscar un cambio para que no haya exclusión.

Las ideologías nos pueden llevar a errores. Se puede convertir el cristianismo en una especie de ONG. Podemos borrar esa mística luminosa que vivieron y manifestaron S. Francisco de Asís, S. Vicente de Paul, Sta. Teresa de Calcuta y tantos otros. A estos santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario.

Es nocivo e ideológico vivir sospechando del compromiso social de los demás. La defensa del inocente no nacido, debe ser clara, firme y apasionada. Está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada. Igualmente lo es la vida de los pobres ya nacidos, que se debaten en la miseria, abandono, la postergación, trata de personas, eutanasia encubierta en enfermos y ancianos privados de atención, la esclavitud…

No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos viven a lo grande presos de la sociedad de consumo, mientas otros, sólo miran desde fuera y su vida pasa y se acaba miserablemente.

Frente al relativismo y los límites del mundo actual, un asunto menor seria la situación de los migrantes. Que digan esto los políticos, preocupados por sus éxitos, se puede comprender. Pero no un cristiano. ¿Podemos reconocer que esto es lo que nos reclama Jesucristo al decir: “que a Él mismo lo recibimos en cada forastero? (Mt 25,35). Acoger a los migrantes pobres y peregrinos “como a Cristo”.

En Antiguo Testamento se dice: “No maltratéis ni oprimáis al emigrante, vosotros lo fuisteis en Egipto” (Ex 22,20). Nosotros en el contexto actual, estamos llamados a vivir el camino de iluminación espiritual. Isaías se preguntaba lo que agradaba a Dios: “Partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora” (Is 58,7-8).

Nuestro culto agrada a Dios, cuando allí llevamos los intentos de vivir con generosidad y dejamos que el don de Dios que recibimos en Él se manifieste en la entrega a los hermanos.

La misericordia no es sólo el obrar del Padre, sino que ella se convierta en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. La misericordia no excluye la justicia y la verdad, sino que es la plenitud de la justicia y la manifestación más luminosa de la verdad de Dios. Es la llave del cielo.

Santo Tomás de Aquino, se planteaba qué acciones eran más grandes o acciones, eran más agradables a Dios. Sin dudar son, las obras de misericordia con el prójimo, más que los actos de culto.

Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, anhele santificarse y que su existencia dé gloria a Dios, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse para vivir las obras de misericordia.

La fuerza del testimonio de los santos, está en vivir las bienaventuranzas y el protocolo del juicio final. El cristianismo es para ser practicado y es objeto de reflexión, para vivir el Evangelio en la vida cotidiana.

 

ORACIÓN

(Transformamos en oración la propuesta del Papa Francisco el 1 de noviembre de 2026, en la homilía de la Misa que presidió en Malmo. “Vivamos estas situaciones con espíritu renovado y actual)

 

Bienaventuranzas ante el dolor de nuestra época

Señor, queremos afrontar
Los dolores y angustias de nuestra época
con el espíritu y amor de Jesús.
queremos vivir con espíritu renovado y siempre actual.

Las nuevas situaciones de nuestro mundo
para que así nos puedan llamar bienaventurados
también a nosotros y seamos felices de verdad.

Ayúdanos a soportar con fe
los males que otros nos infligen y a perdonar de corazón.

Ayúdanos a mirar a los ojos a los descartados y marginados
mostrándoles cercanía.

Ayúdanos a reconocer a Dios en cada persona
y luchar para que otros también lo descubran.

Ayúdanos a proteger y cuidar la casa común.

Ayúdanos a renunciar al propio bienestar
por el bien de otros.

Ayúdanos a rezar y trabajar
por la plena comunión de los cristianos.

Así seremos portadores de la misericordia y ternura de Dios
y recibiremos ciertamente de Él la recompensa merecida.
Y entonces también nosotros seremos bienaventurados.

 

Trabajo personal

Leemos el tema aplicándolo a nuestra realidad personal.
Subrayando las ideas que me resulten más sugerentes para mi vida.
Pongo un interrogante en la frase que me cuestiona.

 

Trabajo en grupo

¿Qué frase del tema me ha resultado más iluminadora?
¿Cuál me cuestiona, me inquieta o interpela?

¿Dónde pongo la seguridad de mi vida?

El mundo no quiere llorar.
¿Prefiero ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas?
¿Tengo la seguridad de que en mi vida no puede faltar la cruz?


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TEMA 2. DOS SUTILES ENEMIGOS DE LA SANTIDAD

ORACIÓN

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mi lo que quieras,
sea los que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mi,
y en todas las criaturas.
No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo.
Y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.
(Charles de Foucauld)

 

“Ayúdame a hacer lo que pueda
y a saber pedir lo que no pueda,
y haz que siempre me deje llevar por el Espíritu
en el camino del amor”.

Canción: Pongo mi vida en tus manos
Luis Guitarra https://youtu.be/2P-XxlfAoGk

 

En el camino de la santidad nos pueden llamar la atención dos desviaciones o falsificaciones: el GNOSTICISMO (1) y el PELAGIANISMO (2). Dos herejías que surgieron en los primeros siglos cristianos y que siguen en la actualidad. Hoy, muchos cristianos, sin darse cuenta, se dejan seducir por estas propuestas engañosas que están disfrazadas de verdad católica. Pero en lugar de evangelizar lo que se hace es clasificar a los demás. No favorecen el estado de gracia, ya que se gastan las fuerzas en controlar a los hermanos. En los dos casos ni Jesucristo ni los demás interesan para nada.

El gnosticismo supone “una fe encerrada en uno mismo”. Enclaustrada en su propia razón o sus sentimientos.

En la historia de la Iglesia quedó muy claro que lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos o conocimientos que acumulen. La confusión de los “gnósticos”, hace que juzguen a los demás, según la capacidad que tengan de comprender la profundidad de ciertas doctrinas. Conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros. Prefieren “un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo”.

Es una superficialidad vanidosa: mucho movimiento en la mente y poca profundidad del pensamiento. Logra una fascinación engañosa. El equilibrio gnóstico es formal; puede asumir un aspecto de cierta armonía, un orden que lo abarca todo.

Estemos atentos porque puede ocurrir dentro de la Iglesia, en los laicos, en quienes enseñan filosofía o teología y centros de formación, que los gnósticos con sus explicaciones, pueden hacer comprensible la fe y el Evangelio. Obligando a someterse a los razonamientos que ellos usan. Una cosa es un sano y humilde uso de la razón para reflexionar sobre la enseñanza teológica y moral del Evangelio y, otra, pretender “reducir la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominarlo todo”.

El gnosticismo es una de las peores ideologías, porque exalta indebidamente el conocimiento o experiencia, pues considera, que su visión es la perfección. Sin advertirlo se alimenta a sí mismo y se crece aun más. Todo se vuelve engañoso cuando se disfraza de una espiritualidad desencarnada. El gnosticismo “por su propia naturaleza quiere domesticar el misterio”. Tanto el misterio de Dios y su gracia, como el de la vida de los demás.

Dios siempre es una sorpresa, nos supera infinitamente. Y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia encontrarlo, ya que no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar del encuentro. Quien lo quiere todo claro y seguro, pretende dominar la trascendencia de Dios.

Canto: Este lugar es tierra sagrada

Este lugar es tierra sagrada,
este lugar es tierra de encuentro,
este lugar es tierra de todos,
este lugar es tierra de amor.

Este lugar es tierra de vida,
este lugar es tierra de gracia,
este lugar es tierra de amigos,
este lugar es tierra de luz.

Este lugar es tierra distinta,
este lugar es tierra de hijos,
este lugar es tierra de hermanos,
este lugar es tierra de Dios.

No podemos definir dónde no está Dios. Él está misteriosamente en la vida de toda la creación, y en la vida de cada uno como él quiere. Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aunque haya estado destruido por los vicios o adicciones. Dios está en su vida. Si nos dejamos llevar por el Espíritu Santo más que por nuestros razonamientos, buscaríamos al Señor en toda vida humana.

Llegamos a comprender muy pobremente la verdad que recibimos del Señor. Y con más dificultad logramos expresarla. En la Iglesia conviven lícitamente “distintas manaras de interpretar” aspectos de la doctrina (distintos carismas) y de la vida cristiana que ayudan a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra.

La doctrina, “no es un sistema cerrado, privado de dinámicas capaces de generar interrogantes, dudas, cuestionamientos”; “las preguntas de nuestro pueblo, sus angustias, peleas, sueños, luchas, preocupaciones…, poseen un valor que no podemos ignorar si queremos tomar en serio el principio de encarnación.

Se produce una peligrosa confusión: creer que porque sabemos “algo” ya somos santos, perfectos, mejores que la “masa ignorante”. San Juan Pablo II advertía la tentación de desarrollar “un sentimiento de superioridad respecto a los demás”. Esto que creemos saber, debería ser siempre una motivación para responder mejor al amor de Dios. Se aprende para vivir: teología y santidad. Son un binomio inseparable.

San Francisco de Asís veía que algunos de sus discípulos enseñaban la doctrina y quiso evitar la tentación del gnosticismo. Escribió a San Antonio de Padua: “Me agrada que enseñes sagrada teología a los hermanos, con tal que, no apaguen el espíritu de oración y devoción”. Reconocía la tentación de convertir la experiencia cristiana en elucubraciones mentales que acaban alejándonos de la frescura del Evangelio. San Buenaventura advertía: “que la verdadera sabiduría cristiana, no se debe desconectar de la misericordia hacia el prójimo”. “La mayor sabiduría que puede existir, consiste en difundir lo que uno tiene para dar, lo que se le ha dado precisamente para que lo transmita”. “La misericordia es amiga de la sabiduría; la avaricia es su enemiga”.

Con el paso del tiempo, muchos comenzaron a reconocer que no es el conocimiento lo que nos hace mejores o santos, sino la vida que llevamos o vivimos.

El poder que los gnósticos atribuían a la inteligencia, comenzaron a atribuírselo a la voluntad humana, al esfuerzo personal. Así surgieron los pelagianos. Ya no era la inteligencia lo que ocupaba el lugar del misterio y de la gracia, sino la voluntad. Se olvidaba que “todo depende no del querer o del correr, sino de la misericordia de Dios” (Rom 9,16). “Él nos amó primero” (I Jn 4,19).

Los que responden a esta mentalidad pelagiana, aunque hablen de la gracia de Dios con discursos edulcorantes, en el fondo “sólo confían en sus propias fuerzas, se sienten superiores por cumplir determinadas normas, ser fieles a cierto estilo católico”. Se dirigen a los débiles diciéndoles que todo se puede con la voluntad humana. Se pretende ignorar que “no todos pueden todo”, que en esta vida las fragilidades humanas no son sanadas por completo por la gracia. Decía San Agustín: Dios te invita a hacer lo que lo que puedas y a pedir lo que no puedas”. Decir humildemente: “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”.

La falta de reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites, es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros. La gracia no nos hace superhombres de golpe. Si no advertimos nuestra realidad concreta y limitada, no podremos ver los pasos reales y posibles que el Señor nos pide en cada momento, después de habernos capacitado y cautivado con su don.

La gracia actúa históricamente, nos toma y transforma de forma progresiva. Si la rechazamos, podemos llegar a negarla y bloquearla, aunque la exaltemos con nuestras palabras.

Dios le dice a Abraham: “Yo soy Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto” (Gn 17,1). Para ser perfectos como a él le agrada, necesitamos vivir humildemente en su presencia, envueltos en su gloria; caminar en unión con él reconociendo su amor constante en nuestras vidas.

Hay que perderle miedo a esa presencia que solamente puede hacernos bien. “Es el Padre que solamente puede hacernos bien, que nos da la vida y nos ama tanto”. “Cuando lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin él, desaparece la angustia y la soledad” (Sal 139,7). Si no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto (Sal 139,23-24).

Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (Rom 12,1-2) y dejaremos que Él nos moldee como un alfarero (Is 29,16). Dios habita en nosotros, mejor: nosotros habitamos en Él, ya que nos permite vivir en su luz y en su amor. Él es nuestro templo: “lo que busco es habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (Sal 27,4).”Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa” (Sal 84,11). En él somos santificados.

No somos justificados por nuestras obras o nuestros esfuerzos, sino por la gracia del Señor que toma la iniciativa. Decía San Juan Crisóstomo: “Que Dios derrama en nosotros la fuente misma de todos los dones antes de que nosotros hayamos entrado en el combate”.

El Sínodo de Orange enseñó con firme autoridad que nada humano puede exigir, merecer o comprar el don de la gracia divina, y que todo lo que pueda cooperar con ella e previamente don de la misma gracia.

El Concilio de Trento destacó la importancia de nuestra cooperación para el crecimiento espiritual. “Se dice que somos justificados gratuitamente. Nada de lo que precede a la justificación, sea la fe, sean las obras, merece la gracia misma de la justificación: porque si es gracia, ya no es por las obras. De otro modo la gracia ya no sería gracia” (Rom 11,6).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que el don de la gracia “sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana”. “Frente a Dios no hay, merito alguno de parte del hombre. Entre él y nosotros la desigualdad no tiene medida”, su amistad nos supera infinitamente, no puede ser comprada con nuestras obras; sólo puede ser un regalo de su iniciativa de amor.

Los santos evitan depositar la confianza en sus acciones: “En el atardecer de esta vida me presentaré ante ti con las manos vacías, Señor, porque no te pido que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos”. (Santa Teresa de Lisieux. “Acto de ofrenda al Amor misericordioso)

Esta verdad debería marcar nuestro estilo de vida: bebe del corazón del Evangelio, nos convoca a aceptarla con la mente y convertirla en un gozo contagioso. No podemos celebrar con gratitud el regalo gratuito de la amistad con el Señor, si no reconocemos que nuestra existencia terrena y nuestras capacidades son un regalo. Debemos aceptar nuestra libertad como gracia.

Sólo a partir del don de Dios, libremente acogido y humildemente recibido, podemos cooperar con nuestro esfuerzo a dejarnos transformar más y más. Pertenecer a Dios es: ofrecernos a Él, entregarle nuestras capacidades, nuestro empeño, nuestra lucha contra el mal, nuestra creatividad… para que su don gratuito crezca y desarrolle en nosotros. “Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Rom 12,1).

Hay cristianos que se empeñan en seguir otro camino: el de la justificación por sus propias fuerzas; la adoración de la voluntad humana y la propia capacidad, que son una autocomplacencia egocéntrica, privada del verdadero amor. Se manifiesta por: obsesión por la ley, fascinación por conquistas sociales y políticas, ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y prestigio de la Iglesia… en lugar de apasionarse por comunicar la hermosura y la alegría del Evangelio y de buscar a los desprotegidos en esta inmensa multitud sedienta de Cristo.

Existe el peligro de reducir y encorsetar el Evangelio, quitándole su sencillez cautivante y su sal, sin darnos cuenta y pensar que todo depende del esfuerzo humano, complicamos el Evangelio y nos volvemos esclavos de un esquema que deja pocos resquicios para que actúe la gracia.

Es sano recordar que existe una jerarquía de valores que nos invita a buscar lo esencial. Las virtudes teologales tienen a Dios como objeto y motivo. En el centro está la caridad. San Pablo dice que lo que de verdad cuenta es “la fe que actúa por el amor” (Gal 5,6). Estamos llamados a cuidar atentamente la caridad: “El que ama ha cumplido el resto de la ley, porque su plenitud es el amor” (Rom 13,8.10).

Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros: el del Padre y el del hermano. O mejor un solo rostro: el de Dios que se refleja en muchos. En cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios. el Señor y el prójimo son dos riquezas que nunca desaparecerán.

Pidamos al Señor que libere a la Iglesia del gnosticismo y pelagianismo, que no la compliquen y detengan en su camino hacia la santidad. Preguntémonos cada uno de qué manera podemos manifestar a Dios en nuestra vida.

Trabajo personal:

Leemos el tema aplicándolo a nuestra realidad personal. Subrayamos las ideas que nos son más sugerentes. Ponemos un interrogante en la frase que no sé cómo llevarla a la práctica. Podemos elegir tres.

Trabajo en grupo:

¿Qué hemos descubierto? ¿Qué frases nos son más iluminadoras? ¿Cuáles nos cuestionan, nos inquietan o nos interpelan?

ORACIÓN

Amamos a Dios, porque él nos amó primero
“No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor,
porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado
a la plenitud en el amor. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó
primero. Si alguno dice: “Amo a Dios” y aborrece a su hermano, es un
mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar
a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien
ame a Dios, ame también a su hermano.
I Juan 4, 18-21.

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SALUDA DE FIN DE AÑO

Ya llegamos al último día del año.
Hemos escrito muchas cosas en el libro de nuestras vidas.

Antes de que concluya,
es la oportunidad de sentarse junto al Señor
con el capítulo “2019” abierto.

Habla de una historia de amor
que hace Dios con cada uno de nosotros.

Es recomendable saborear los momentos alegres
y recordar los amargos, alabando y dando gracias a Dios por todo,
porque todo es para nuestra salvación.

¡Qué bellas escenas en las que el Señor ocupaba su trono,
el primer sitio en nuestro corazón!

Para ti querido miembro de nuestra Familia Amigoniana,
que lees este mensaje,
mi mayor deseo es,
que experimentes cada día,
que Dios nos ama por encima de todo.
No somos un anónimo para Él.

El amor necesita pasar por el dolor del crisol,
donde se derrite todo aquello que nos impide ver lo que recibimos.

Te deseo que dejes a Dios ser lo más importante de cada día,
en cada suceso de tu vida.
Y si no lo es, ya sabes…
“concédeme Señor, el deseo de desearte”.

¡¡¡FELIZ Y SANTO 2019!!!

María Isabel Salort Sala
Presidenta Nacional de Cooperadores Amigonianos de España

 

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MENSAJE DE NAVIDAD

“SEAMOS PORTADORES DE LUZ”
“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas.
Sino que tendrá la luz de la vida” (Lc 2,12)

Con motivo de estas fiestas de Navidad, me dirijo a todos los que formamos la gran Familia Amigoniana, con nuestras alegrías y penas, con nuestros logros y necesidades. Mi deseo es acercarme a vosotros a través de este mensaje, para hacer resonar en vuestros corazones la “Buena Noticia del Nacimiento de Jesús, nuestro Salvador”.

Todos estamos necesitados de luz. Luz para mirar los horizontes más amplios que nos permitan salir de nuestros círculos cerrados. Luz para disipar las oscuridades de nuestros prejuicios, rencores y egoísmos y, lograr unas relaciones interpersonales más auténticas y confiadas. Luz para aclarar nuestras dudas y, así, poder crecer en la fe. Esta luz es Cristo.

Juan, el Bautista, anunció a Cristo, el Hijo de Dios, enviado por el Padre, que “venía a disipar las tinieblas de nuestra vida y “guiar” nuestros pasos por el camino de la paz” (lc 1,79). Cristo viene, como Sol, para darnos la mano en nuestras oscuridades.

Navidad es fiesta de Luz, más que de luces. La Luz que en medio de la noche, alumbró a los pastores, que se pusieron en camino para contemplar al Mesías (Lc 2,12).Este encuentro les llenó de alegría. “Habían encontrado la luz que se hace camino.

Vayamos también nosotros, al encuentro de esta luz para que no nos quedemos ofuscados y paralizados por nuestras sombras.

De corazón os deseo que la presencia de Cristo en nuestras vidas, en nuestros corazones, en nuestros hogares, nos conceda una Navidad luminosa y alegre en lo más profundo de nuestro corazón.

Estamos llamados a ser luz. Quien recibe la luz de Dios que es Amor, está invitado a comunicar ese amor. Seamos generosos para que no falte lo necesario a los que tienen hambre y sed; compartamos; acojamos a los inmigrantes; demos gratis lo que gratis hemos recibido.

Ofrezcamos palabras de consuelo a los que están tristes: con paciencia y confianza. No separemos nunca la verdad y el amor.

Somos “hijos de la luz por nuestro Bautismo”, vivamos, pues, como hijos de la luz, con sinceridad y coherencia.

¡¡¡Feliz Navidad a todos en la paz y la alegría, que el Niño Dios nos llene a todos de su luz y de su paz!!! SHALOM.

Un abrazo navideño de vuestra Presidenta

María Isabel Salort Sala
Presidenta Nacional de Cooperadores Amigonianos de España

 

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