Cooperadores Amigonianos


Deja un comentario

TEMA 2. DOS SUTILES ENEMIGOS DE LA SANTIDAD

ORACIÓN

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mi lo que quieras,
sea los que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mi,
y en todas las criaturas.
No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo.
Y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.
(Charles de Foucauld)

 

“Ayúdame a hacer lo que pueda
y a saber pedir lo que no pueda,
y haz que siempre me deje llevar por el Espíritu
en el camino del amor”.

Canción: Pongo mi vida en tus manos
Luis Guitarra https://youtu.be/2P-XxlfAoGk

 

En el camino de la santidad nos pueden llamar la atención dos desviaciones o falsificaciones: el GNOSTICISMO (1) y el PELAGIANISMO (2). Dos herejías que surgieron en los primeros siglos cristianos y que siguen en la actualidad. Hoy, muchos cristianos, sin darse cuenta, se dejan seducir por estas propuestas engañosas que están disfrazadas de verdad católica. Pero en lugar de evangelizar lo que se hace es clasificar a los demás. No favorecen el estado de gracia, ya que se gastan las fuerzas en controlar a los hermanos. En los dos casos ni Jesucristo ni los demás interesan para nada.

El gnosticismo supone “una fe encerrada en uno mismo”. Enclaustrada en su propia razón o sus sentimientos.

En la historia de la Iglesia quedó muy claro que lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos o conocimientos que acumulen. La confusión de los “gnósticos”, hace que juzguen a los demás, según la capacidad que tengan de comprender la profundidad de ciertas doctrinas. Conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros. Prefieren “un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo”.

Es una superficialidad vanidosa: mucho movimiento en la mente y poca profundidad del pensamiento. Logra una fascinación engañosa. El equilibrio gnóstico es formal; puede asumir un aspecto de cierta armonía, un orden que lo abarca todo.

Estemos atentos porque puede ocurrir dentro de la Iglesia, en los laicos, en quienes enseñan filosofía o teología y centros de formación, que los gnósticos con sus explicaciones, pueden hacer comprensible la fe y el Evangelio. Obligando a someterse a los razonamientos que ellos usan. Una cosa es un sano y humilde uso de la razón para reflexionar sobre la enseñanza teológica y moral del Evangelio y, otra, pretender “reducir la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominarlo todo”.

El gnosticismo es una de las peores ideologías, porque exalta indebidamente el conocimiento o experiencia, pues considera, que su visión es la perfección. Sin advertirlo se alimenta a sí mismo y se crece aun más. Todo se vuelve engañoso cuando se disfraza de una espiritualidad desencarnada. El gnosticismo “por su propia naturaleza quiere domesticar el misterio”. Tanto el misterio de Dios y su gracia, como el de la vida de los demás.

Dios siempre es una sorpresa, nos supera infinitamente. Y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia encontrarlo, ya que no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar del encuentro. Quien lo quiere todo claro y seguro, pretende dominar la trascendencia de Dios.

Canto: Este lugar es tierra sagrada

Este lugar es tierra sagrada,
este lugar es tierra de encuentro,
este lugar es tierra de todos,
este lugar es tierra de amor.

Este lugar es tierra de vida,
este lugar es tierra de gracia,
este lugar es tierra de amigos,
este lugar es tierra de luz.

Este lugar es tierra distinta,
este lugar es tierra de hijos,
este lugar es tierra de hermanos,
este lugar es tierra de Dios.

No podemos definir dónde no está Dios. Él está misteriosamente en la vida de toda la creación, y en la vida de cada uno como él quiere. Aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aunque haya estado destruido por los vicios o adicciones. Dios está en su vida. Si nos dejamos llevar por el Espíritu Santo más que por nuestros razonamientos, buscaríamos al Señor en toda vida humana.

Llegamos a comprender muy pobremente la verdad que recibimos del Señor. Y con más dificultad logramos expresarla. En la Iglesia conviven lícitamente “distintas manaras de interpretar” aspectos de la doctrina (distintos carismas) y de la vida cristiana que ayudan a explicitar mejor el riquísimo tesoro de la Palabra.

La doctrina, “no es un sistema cerrado, privado de dinámicas capaces de generar interrogantes, dudas, cuestionamientos”; “las preguntas de nuestro pueblo, sus angustias, peleas, sueños, luchas, preocupaciones…, poseen un valor que no podemos ignorar si queremos tomar en serio el principio de encarnación.

Se produce una peligrosa confusión: creer que porque sabemos “algo” ya somos santos, perfectos, mejores que la “masa ignorante”. San Juan Pablo II advertía la tentación de desarrollar “un sentimiento de superioridad respecto a los demás”. Esto que creemos saber, debería ser siempre una motivación para responder mejor al amor de Dios. Se aprende para vivir: teología y santidad. Son un binomio inseparable.

San Francisco de Asís veía que algunos de sus discípulos enseñaban la doctrina y quiso evitar la tentación del gnosticismo. Escribió a San Antonio de Padua: “Me agrada que enseñes sagrada teología a los hermanos, con tal que, no apaguen el espíritu de oración y devoción”. Reconocía la tentación de convertir la experiencia cristiana en elucubraciones mentales que acaban alejándonos de la frescura del Evangelio. San Buenaventura advertía: “que la verdadera sabiduría cristiana, no se debe desconectar de la misericordia hacia el prójimo”. “La mayor sabiduría que puede existir, consiste en difundir lo que uno tiene para dar, lo que se le ha dado precisamente para que lo transmita”. “La misericordia es amiga de la sabiduría; la avaricia es su enemiga”.

Con el paso del tiempo, muchos comenzaron a reconocer que no es el conocimiento lo que nos hace mejores o santos, sino la vida que llevamos o vivimos.

El poder que los gnósticos atribuían a la inteligencia, comenzaron a atribuírselo a la voluntad humana, al esfuerzo personal. Así surgieron los pelagianos. Ya no era la inteligencia lo que ocupaba el lugar del misterio y de la gracia, sino la voluntad. Se olvidaba que “todo depende no del querer o del correr, sino de la misericordia de Dios” (Rom 9,16). “Él nos amó primero” (I Jn 4,19).

Los que responden a esta mentalidad pelagiana, aunque hablen de la gracia de Dios con discursos edulcorantes, en el fondo “sólo confían en sus propias fuerzas, se sienten superiores por cumplir determinadas normas, ser fieles a cierto estilo católico”. Se dirigen a los débiles diciéndoles que todo se puede con la voluntad humana. Se pretende ignorar que “no todos pueden todo”, que en esta vida las fragilidades humanas no son sanadas por completo por la gracia. Decía San Agustín: Dios te invita a hacer lo que lo que puedas y a pedir lo que no puedas”. Decir humildemente: “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”.

La falta de reconocimiento sincero, dolorido y orante de nuestros límites, es lo que impide a la gracia actuar mejor en nosotros. La gracia no nos hace superhombres de golpe. Si no advertimos nuestra realidad concreta y limitada, no podremos ver los pasos reales y posibles que el Señor nos pide en cada momento, después de habernos capacitado y cautivado con su don.

La gracia actúa históricamente, nos toma y transforma de forma progresiva. Si la rechazamos, podemos llegar a negarla y bloquearla, aunque la exaltemos con nuestras palabras.

Dios le dice a Abraham: “Yo soy Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto” (Gn 17,1). Para ser perfectos como a él le agrada, necesitamos vivir humildemente en su presencia, envueltos en su gloria; caminar en unión con él reconociendo su amor constante en nuestras vidas.

Hay que perderle miedo a esa presencia que solamente puede hacernos bien. “Es el Padre que solamente puede hacernos bien, que nos da la vida y nos ama tanto”. “Cuando lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin él, desaparece la angustia y la soledad” (Sal 139,7). Si no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto (Sal 139,23-24).

Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (Rom 12,1-2) y dejaremos que Él nos moldee como un alfarero (Is 29,16). Dios habita en nosotros, mejor: nosotros habitamos en Él, ya que nos permite vivir en su luz y en su amor. Él es nuestro templo: “lo que busco es habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (Sal 27,4).”Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa” (Sal 84,11). En él somos santificados.

No somos justificados por nuestras obras o nuestros esfuerzos, sino por la gracia del Señor que toma la iniciativa. Decía San Juan Crisóstomo: “Que Dios derrama en nosotros la fuente misma de todos los dones antes de que nosotros hayamos entrado en el combate”.

El Sínodo de Orange enseñó con firme autoridad que nada humano puede exigir, merecer o comprar el don de la gracia divina, y que todo lo que pueda cooperar con ella e previamente don de la misma gracia.

El Concilio de Trento destacó la importancia de nuestra cooperación para el crecimiento espiritual. “Se dice que somos justificados gratuitamente. Nada de lo que precede a la justificación, sea la fe, sean las obras, merece la gracia misma de la justificación: porque si es gracia, ya no es por las obras. De otro modo la gracia ya no sería gracia” (Rom 11,6).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que el don de la gracia “sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana”. “Frente a Dios no hay, merito alguno de parte del hombre. Entre él y nosotros la desigualdad no tiene medida”, su amistad nos supera infinitamente, no puede ser comprada con nuestras obras; sólo puede ser un regalo de su iniciativa de amor.

Los santos evitan depositar la confianza en sus acciones: “En el atardecer de esta vida me presentaré ante ti con las manos vacías, Señor, porque no te pido que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos”. (Santa Teresa de Lisieux. “Acto de ofrenda al Amor misericordioso)

Esta verdad debería marcar nuestro estilo de vida: bebe del corazón del Evangelio, nos convoca a aceptarla con la mente y convertirla en un gozo contagioso. No podemos celebrar con gratitud el regalo gratuito de la amistad con el Señor, si no reconocemos que nuestra existencia terrena y nuestras capacidades son un regalo. Debemos aceptar nuestra libertad como gracia.

Sólo a partir del don de Dios, libremente acogido y humildemente recibido, podemos cooperar con nuestro esfuerzo a dejarnos transformar más y más. Pertenecer a Dios es: ofrecernos a Él, entregarle nuestras capacidades, nuestro empeño, nuestra lucha contra el mal, nuestra creatividad… para que su don gratuito crezca y desarrolle en nosotros. “Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” (Rom 12,1).

Hay cristianos que se empeñan en seguir otro camino: el de la justificación por sus propias fuerzas; la adoración de la voluntad humana y la propia capacidad, que son una autocomplacencia egocéntrica, privada del verdadero amor. Se manifiesta por: obsesión por la ley, fascinación por conquistas sociales y políticas, ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y prestigio de la Iglesia… en lugar de apasionarse por comunicar la hermosura y la alegría del Evangelio y de buscar a los desprotegidos en esta inmensa multitud sedienta de Cristo.

Existe el peligro de reducir y encorsetar el Evangelio, quitándole su sencillez cautivante y su sal, sin darnos cuenta y pensar que todo depende del esfuerzo humano, complicamos el Evangelio y nos volvemos esclavos de un esquema que deja pocos resquicios para que actúe la gracia.

Es sano recordar que existe una jerarquía de valores que nos invita a buscar lo esencial. Las virtudes teologales tienen a Dios como objeto y motivo. En el centro está la caridad. San Pablo dice que lo que de verdad cuenta es “la fe que actúa por el amor” (Gal 5,6). Estamos llamados a cuidar atentamente la caridad: “El que ama ha cumplido el resto de la ley, porque su plenitud es el amor” (Rom 13,8.10).

Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros: el del Padre y el del hermano. O mejor un solo rostro: el de Dios que se refleja en muchos. En cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios. el Señor y el prójimo son dos riquezas que nunca desaparecerán.

Pidamos al Señor que libere a la Iglesia del gnosticismo y pelagianismo, que no la compliquen y detengan en su camino hacia la santidad. Preguntémonos cada uno de qué manera podemos manifestar a Dios en nuestra vida.

Trabajo personal:

Leemos el tema aplicándolo a nuestra realidad personal. Subrayamos las ideas que nos son más sugerentes. Ponemos un interrogante en la frase que no sé cómo llevarla a la práctica. Podemos elegir tres.

Trabajo en grupo:

¿Qué hemos descubierto? ¿Qué frases nos son más iluminadoras? ¿Cuáles nos cuestionan, nos inquietan o nos interpelan?

ORACIÓN

Amamos a Dios, porque él nos amó primero
“No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor,
porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado
a la plenitud en el amor. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó
primero. Si alguno dice: “Amo a Dios” y aborrece a su hermano, es un
mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar
a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien
ame a Dios, ame también a su hermano.
I Juan 4, 18-21.

Para descargar el tema completo, pinche aquí

Anuncios


Deja un comentario

SALUDA DE FIN DE AÑO

Ya llegamos al último día del año.
Hemos escrito muchas cosas en el libro de nuestras vidas.

Antes de que concluya,
es la oportunidad de sentarse junto al Señor
con el capítulo “2019” abierto.

Habla de una historia de amor
que hace Dios con cada uno de nosotros.

Es recomendable saborear los momentos alegres
y recordar los amargos, alabando y dando gracias a Dios por todo,
porque todo es para nuestra salvación.

¡Qué bellas escenas en las que el Señor ocupaba su trono,
el primer sitio en nuestro corazón!

Para ti querido miembro de nuestra Familia Amigoniana,
que lees este mensaje,
mi mayor deseo es,
que experimentes cada día,
que Dios nos ama por encima de todo.
No somos un anónimo para Él.

El amor necesita pasar por el dolor del crisol,
donde se derrite todo aquello que nos impide ver lo que recibimos.

Te deseo que dejes a Dios ser lo más importante de cada día,
en cada suceso de tu vida.
Y si no lo es, ya sabes…
“concédeme Señor, el deseo de desearte”.

¡¡¡FELIZ Y SANTO 2019!!!

María Isabel Salort Sala
Presidenta Nacional de Cooperadores Amigonianos de España

 

Para descargar el mensaje completo, pinche aquí.


Deja un comentario

MENSAJE DE NAVIDAD

“SEAMOS PORTADORES DE LUZ”
“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas.
Sino que tendrá la luz de la vida” (Lc 2,12)

Con motivo de estas fiestas de Navidad, me dirijo a todos los que formamos la gran Familia Amigoniana, con nuestras alegrías y penas, con nuestros logros y necesidades. Mi deseo es acercarme a vosotros a través de este mensaje, para hacer resonar en vuestros corazones la “Buena Noticia del Nacimiento de Jesús, nuestro Salvador”.

Todos estamos necesitados de luz. Luz para mirar los horizontes más amplios que nos permitan salir de nuestros círculos cerrados. Luz para disipar las oscuridades de nuestros prejuicios, rencores y egoísmos y, lograr unas relaciones interpersonales más auténticas y confiadas. Luz para aclarar nuestras dudas y, así, poder crecer en la fe. Esta luz es Cristo.

Juan, el Bautista, anunció a Cristo, el Hijo de Dios, enviado por el Padre, que “venía a disipar las tinieblas de nuestra vida y “guiar” nuestros pasos por el camino de la paz” (lc 1,79). Cristo viene, como Sol, para darnos la mano en nuestras oscuridades.

Navidad es fiesta de Luz, más que de luces. La Luz que en medio de la noche, alumbró a los pastores, que se pusieron en camino para contemplar al Mesías (Lc 2,12).Este encuentro les llenó de alegría. “Habían encontrado la luz que se hace camino.

Vayamos también nosotros, al encuentro de esta luz para que no nos quedemos ofuscados y paralizados por nuestras sombras.

De corazón os deseo que la presencia de Cristo en nuestras vidas, en nuestros corazones, en nuestros hogares, nos conceda una Navidad luminosa y alegre en lo más profundo de nuestro corazón.

Estamos llamados a ser luz. Quien recibe la luz de Dios que es Amor, está invitado a comunicar ese amor. Seamos generosos para que no falte lo necesario a los que tienen hambre y sed; compartamos; acojamos a los inmigrantes; demos gratis lo que gratis hemos recibido.

Ofrezcamos palabras de consuelo a los que están tristes: con paciencia y confianza. No separemos nunca la verdad y el amor.

Somos “hijos de la luz por nuestro Bautismo”, vivamos, pues, como hijos de la luz, con sinceridad y coherencia.

¡¡¡Feliz Navidad a todos en la paz y la alegría, que el Niño Dios nos llene a todos de su luz y de su paz!!! SHALOM.

Un abrazo navideño de vuestra Presidenta

María Isabel Salort Sala
Presidenta Nacional de Cooperadores Amigonianos de España

 

Para descargar el mensaje completo, pinche aquí.


Deja un comentario

TEMA 1. EL LLAMAMADO A LA SANTIDAD


VIVIR A FONDO

Señor, ayúdame a vivir a fondo
las propias tareas de cada día
y, así, poder vivir la contemplación
en medio de la acción.
Ayúdame a apuntar más alto cada día
y a descubrir en la propia vida
que la santidad me dará fuerzas,
vida y alegría.
Que, a través de mis acciones, Señor,
los demás vean en mí el rostro de Jesús.

“Alegraos y regocijaos” (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. Él lo pide todo y ofrece la verdadera vida, la felicidad para la que fuimos creados: “nos quiere santos”. “Camina en mi presencia y sé perfecto” (Gn 17,1), le decía a Abraham. Ahora, nuestro único objetivo es *hacer resonar el llamado a la santidad*. A cada uno de nosotros, el Señor, nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1,4)

En (Hb 17,1) se nos anima a que “corramos, con constancia, en la carrera que nos toca” y en (Hb 11,1-12,3) se nos invita a reconocer que tenemos “una nube grande de testigos”, que nos alientan y estimulan a seguir caminando hacia la meta.

Los santos que ya están en presencia de Dios, mantienen con nosotros lazos de amor y comunión. Estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios: los santos.

En los procesos de beatificación, se tienen en cuenta: “los signos de heroicidad en ejercer las virtudes, entrega de la vida en los martirios, ofrecer la propia vida por los demás hasta la muerte. Imitando a Cristo.

El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes; no sólo en los ya santos, sino en las personas que viven a nuestro lado, el pueblo santo de Dios. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo: “nadie se salva sólo, aislado. Dios nos atrae, quiso entrar en la dinámica popular de un pueblo”.

Dice el Papa que le gusta ver la santidad del pueblo de Dios paciente: los padres crían con amor a sus hijos; hombres y mujeres trabajando; llevando el pan a su casa; cuidan a los enfermos; religiosas ancianas que siguen sonriendo… en esta constancia para seguir día a día “veo la santidad” de la Iglesia militante, “la santidad de la puerta de al lado”. Son un reflejo de la presencia de Dios.

Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes, que “participan de la función profética de Cristo, con su testimonio vivo de vida de fe y caridad”. Decía Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein): “En la noche oscura surgen los más grandes profetas y santos”. Aunque la vida vivificante y mística, permanece invisible. Los grandes acontecimientos en las almas, se dan sin ruido, ni constan en los libros. Tenemos que agradecer que los grandes acontecimientos decisivos de nuestra vida, permanecen ocultos y sólo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado.

La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. El Espíritu suscita “signos de su presencia que ayudan s los discípulos de Cristo”. San Juan Pablo II, recordó: “el testimonio ofrecido a Cristo hasta el derramamiento de sangre, se ha hecho común de católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes”. Los mártires son: “una herencia que habla con una voz más fuerte que la de los factores de división” (Jubileo 2000).

Se puede ver Audiencia General en:
https://www.youtube.com/watch?v=dn5YrJheISE

El Señor nos llama a cada uno; a ti, a mi: “Sed santos, porque yo soy santo” (Lv 11,45; 1 Pe 1,16). “Todos los fieles cristianos de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la santidad con la que es perfecto el Padre”. Subrayó con fuerza en Concilio Vaticano II.

Sin desalentarse al contemplar los modelos de santos a quienes querríamos imitar. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él” (1 Cor 12,7), no que se desgaste en imitar algo que no ha sido pensado para él. San Juan de la Cruz decía que: “sus canticos estaban escritos para que cada uno los aproveche a su manera. Porque la vida divina se comunica a cada uno de una manera”.

Hay estilos femeninos de santidad que reflejan la santidad que Dios tiene en el mundo. El Espíritu Santo siempre suscitó ”santas”, cuya fascinación, provocó dinamismos espirituales importantes en la reforma de la Iglesia: Santa Hidegarda de Bingen, Sta. Catalina de Siena, Sta. Teresa de Ávila, Sta. Tera de Lisieux… Pero no son menos importantes tantas mujeres desconocidas u olvidadas (cada una a su modo), que han transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio.

Dios tiene un proyecto único e irrepetible “para mi” desde toda la eternidad. “Antes de formarte en el vientre, te elegí, antes de que salieras del seno materno, te consagré” (Jr 1,5).

Canto: ANTES QUE TE FORMARAS

Antes que te formaras dentro del vientre de tu madre,
antes que tú nacieras, te conocía y te consagré
para ser mi profeta, de las naciones yo te escogí.
Irás donde te envíe y lo que te mande proclamarás.

Tengo que gritar, tengo que arriesgar,
¡Ay de mí si no lo hago! ¿Cómo escapar de Ti?
¿Cómo no hablar si tu voz me quema dentro? (bis)

No temas arriesgarte, porque contigo yo estaré.
No temas anunciarme, porque en tu boca yo estaré.
Te encargo hoy mi pueblo para arrancar y derribar,
para edificar, destruirás y plantarás.

Todos estamos llamados a ser santos, viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día. Sin necesidad de ser obispos, sacerdotes, religiosos/as. Santos, en el lugar que Cristo nos ha puesto. Luchando por el bien común y renunciando a los intereses personales.

Dejemos que la gracia de nuestro Bautismo, fructifique en el camino de nuestra santidad. Optemos y elijamos a Dios una y otra vez. Sin desanimarnos, porque la fuerza nos viene del fruto del Espíritu Santo en nuestra vida (Gal 5,22-23). En la tentación y debilidad, pon los ojos en el Crucificado y dile: “Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor”. En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontramos todo lo necesario para crecer en santidad.

Esta santidad a la que estamos llamados, crecerá en pequeños gestos, en nuestra relación con el “otro”, escuchando con paciencia y afecto. En momentos difíciles o de angustia, coger el rosario y mirar con amor a María. Todo son caminos de santidad.

“Para que participemos de su santidad” (Heb 12,10), nos presenta desafíos para vivir una forma más perfecta de la que vivimos lo que ya hacemos. El Cardenal Nguyén van Thuân estaba en la cárcel, renunció a desgastarse esperando su libertad: “vivió el momento presente colmándolo de amor” y decía: “aprovecho las ocasiones que se presentan cada día, para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria”.

Bajo el impulso de la gracia divina vamos construyendo esa figura de santidad que Dios quiere, no como seres autosuficientes, sino “como buenos administradores de la gracia de Dios” (1 Pe 4,10). Es posible amar con el amor incondicional del Señor; el Resucitado comparte su vida poderosa con nuestras frágiles vidas. “Su amor no tiene límites, nunca se echa atrás, fue incondicional y fiel”. Amar así no es fácil, muchas veces somos débiles. Para tratar de amar como Cristo nos  amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros”.

No es posible pensar nuestra misión en esta tierra, sin concebirla como un camino de santidad. “Esta es la voluntad de Dios vuestra santificación” (1 Tes 4,3). Tenemos una misión; somos un proyecto del Padre para reflejar y encarnar en la historia un aspecto del Evangelio.

En el fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida, es asociarse a la muerte y resurrección del Señor de forma única y personal, es morir y resucitar constantemente con él. San Ignacio de Loyola nos propone: “todo en la vida de Jesús es signo de su misterio”; “toda la vida de Cristo es Revelación del Padre”; “toda la vida de Cristo es misterio de Redención y Recapitulación”…

El designio del Padre es Cristo, y nosotros en él. “La santidad es la caridad plenamente vivida, se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros”; con la fuerza del “Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya”. Cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo.
Contemplar la vida de un santo es ver su camino de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo.

Necesitamos concebir la totalidad de la vida como una misión. Escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él nos da. Preguntarnos: ¿qué espera Dios de mí? en cada momento, en cada opción para discernir el lugar que ocupa en nuestra misión.

Reconocer el mensaje de Jesús que Dios nos quiere decir con su vida es Déjate transformar, renovar, por el Espíritu para que nuestra misión no se malogre. El Señor está con nosotros aún en tus errores y malos momentos. Siempre que no abandonemos el camino del amor y estemos abiertos a su acción sobrenatural.

Nuestra misión es construir el reino de amor, justicia y paz: ·Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia· (Mt 6,33). Cristo mismo quiere vivirlo con nosotros, en los esfuerzos y renuncias, en las alegrías; en todo lo que se nos ofrezca. No nos santificaremos sin entregarnos en cuerpo y alma para dar lo mejor de cada uno en este empeño.
No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el “otro”, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Somos llamados a vivir la contemplación en la acción. Nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión. No debemos olvidar que “no es que la vida tiene una misión, sino que es misión”.

Una tarea movida por ansiedad, orgullo, apariencia, dominio… no será santificadora. El desafío es vivir la propia entrega que tenga un sentido evangélico que nos identifique más y más con Jesucristo.

Son necesarios momentos de quietud, soledad y silencio ante Dios. Las ofertas de consumo son innumerables y no dejan espacio donde resuene la voz de Dios. Allí la alegría no reina, no se sabe para qué se vive. Necesitamos detener la carrera frenética, recuperar espacio personal y entablar un diálogo sincero con Dios.

Vivir a fondo las propias tareas, percibir la propia verdad, dejarnos invadir por el Señor. Así encontraremos las grandes motivaciones.

Las distracciones que invaden la vida actual nos llevan a absolutizar el tiempo libre. La misión se resiste, el compromiso se debilita, la disponibilidad se paraliza… Esto puede desnaturalizar la experiencia espiritual.

Nos hace falta espíritu de santidad que impregne la soledad, el servicio, la intimidad, la tarea evangelizadora. De modo que todo sea expresión de amor entregado bajo la mirada de Jesús. Así todos los momentos serán escalones en nuestro camino de santificación.

No tengamos miedo a la santidad. Nos da fuerzas, vida, alegría… para llegar a ser lo que el Padre nos pensó al crearnos. Depender de él nos libera de las esclavitudes y nos hace reconocer nuestra debilidad. Sta. Josefina Baknita fue “secuestrada y vendida como esclava a los 7 años. Sufrió mucho, pero llegó a comprender la profunda verdad de Dios. Se transformó en una profunda fuente de sabiduría para esta hija humilde África”.

En la medida en que nos santificamos, nos volvemos más fecundos para el mundo. Dicen los Obispos de África: “Somos llamados por el Espíritu de la nueva evangelización a ser evangelizados y evangelizar a ser sal de la tierra y luz del mundo, donde quiera que nos encontremos”.

No tengamos miedo de apuntar más alto, de dejarnos amar y liberar por Dios. De dejarnos guiar por el Espíritu Santo. La santidad no nos hace menos humanos. Decía León Bloy: “En la vida existe una sola tristeza, la de no ser santos”.


Trabajo en grupo

¿Cómo vivimos?
Compartimos nuestro trabajo personal: ¿Qué frases nos han iluminado? ¿Cuáles nos cuestionan, nos inquietan?…

Profundizamos y concretamos

¿Qué personas cercanas nos han estimulado a seguir caminando hacia la meta?
¿Qué “santos de la puerta de al lado” hemos conocido? ¿Qué hacían?
¿Cómo puedo yo ser santo “viviendo con amor y ofreciendo mi propio testimonio?
¿Cuáles pueden ser nuestros pequeños gestos de santidad?

Canto

Hoy, Señor vengo ante Ti,
bajo tu mirada a descansar.
Te entrego mi fe, mi esfuerzo y gratitud.
pues sólo Tú mueres por mí.

Hoy, Señor vengo ante Ti.
Hoy, Señor vengo a pedir,
que no te olvides de mí.
que me alientes una vez más
que me vuelvas a levantar:
¡Contigo quiero caminar!

Hoy, Señor vengo ante Ti
con esperanza en tu amor, salvador.
En tu gloriosa resurrección.
Amén. Amén

“Orar es ponerse en manos de Dios, a su disposición y escuchar su voz en lo profundo de nuestros corazones.”
(Santa Teresa de Calcuta)

Puede descargar el tema completo, aquí.


Deja un comentario

TEMA INTRODUCTORIO

No tengamos miedo a ser santos
¿Eres de los que se conforman con una existencia mediocre?
El Papa Francisco te ha escrito una carta de muchas páginas,
un mensaje para los que, como tú
viven los desafíos, los riesgos y oportunidades de hoy.
Para los que crían a sus hijos con amor,
los que trabajan para llevar el pan a su casa.
Los ancianos, los religiosos,
los que se preparan para el futuro.
Porque todos y cada uno de nosotros,
estamos llamados a ser santos.
también TÚ, ¿lo sabías?.
Sin creerte mejor que nadie
por saber más o hacer más que los demás,
sin engañarte con un moralismo sin caridad.
Y sin dejar de confiar en la gracia
para alcanzar la santidad,
Jesús te enseña el camino.
Jesús es el camino.
Seguirlo, hoy, es ir a contracorriente.
No ignorar los sufrimientos
ni las injusticias de este mundo.
Ser audaz, luchador, humilde…
y sentido del humor.
“¡No tengamos  miedo a ser santos!”

 

Ver Audiencia General del Papa en:
https://www.youtube.com/watch?v=vBFWOkq1YRc

 

El 9 de abril de 2018, el Papa Francisco, nos sorprende con la Exhortación Gaudete et Exsultate.
Es una “llamada a la santidad en el mundo actual”. Va dirigida a cada cristiano que quiere vivir su vida como un camino de santidad. Es cercana y comprensible.

León Bloy (escritor 1846-1917), termina su libro “La mujer pobre”, con una frase memorable y sugerente: “sólo existe una tristeza: la de no ser santos”. ¿Habrá influido esta frase en el Papa a la hora de escribir la exhortación? En su juventud, siendo profesor de Literatura, citaba a novelistas franceses: Bloy, Bernanos…

El cardenal Schönborn, arzobispo de Viena, define la exhortación como: “un pequeño manual muy práctico, realista y practicante”. Monseñor Carlos Osoro resume diciendo: “Francisco nos recuerda la llamada a ser santos. Dios te conoce y te ama, tienes tu propio camino… Saca a la luz lo mejor de ti”. La exhortación, va dirigida a todos y a cada uno de los cristianos.

Ser santos: aquí y ahora. Esto no es una novedad del Papa, sino una existencia. La novedad es: recordar que todos los bautizados pueden y deben aspirar a ser santos. Que es fácil y merece la pena intentarlo. En el contexto actual, “con sus riesgos, desafíos y oportunidades”. Ser capaces de descubrir a los santos que viven a nuestro lado, gente humilde y sencilla que participa de la función profética de Cristo. Es una invitación a que cada uno recorra su propio camino de santidad.

La Exhortación, recoge lo que reconoció el Concilio Vaticano II: “Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre”. Y da un paso más, explicando “cómo vivir la propuesta cristiana en el contexto actual”.

Todos estamos llamados a ser santos, viviendo con amor, con amor ofreciendo nuestro testimonio de cada día, allí donde nos encontremos. Cada uno tiene su propio “camino de santidad” y debe sacar a la luz lo mejor de sí.

Es un documento claro, sencillo y práctico.
Dentro de esta sencillez, lleva un entramado consistente y eficaz. Incluye:

– 156 citas bíblicas (en 177 números). Importancia del fundamento bíblico.
– Se citan 22 santos varones (38 veces). 12 santas mujeres (16 veces),
– Cita su magisterio 26 veces. El de Juan Pablo II (10 veces); de Benedicto XVI (3) y Pablo VI (1 vez).
– El Concilio Vaticano II (3 veces); el de Trento (2) y el Sínodo de Orange (1).
– Catecismo de la Iglesia Católica (10 v); Misal romano (1); la Carta Pacuit Deo (1), la obra El peregrino ruso (1).
– La experiencia de los santos y beatos está muy presente. Tanto por su testimonio de vida como por sus indicaciones de camino de santidad.
– También cita a autores contemporáneos: Von Baltasar, Martini, Nguyën van Thuân, León Bloy, Xavier Zubiri… etc.

Todo ello con la sencillez, claridad y concreción que nos tiene acostumbrados y que, hace, que todos lo pueden entender.

Para que nos sea más fácil aplicar las propuestas de esta exhortación a nuestra vida personal y a la comunidad en que vivimos. Ya que somos conscientes de la importancia que tiene este texto para revitalizar la vida de la Iglesia, ofreceremos unas “propuestas de trabajo” para trabajarla, tanto personalmente como en grupo.

ESQUEMAS DE TRABAJO

1. Lectura previa del texto. Con atención (a ser posible antes de venir a la reunión).

2. Lectura personal. Antes de ponerlo en común.

3. Elección de alguna frase. Que subrayaremos porque nos ha llamado la atención, son sugerentes o apropiadas a nuestra vida o de nuestra comunidad.

4. Cuestiones pendientes. Ponemos una interrogación en la frase o párrafo que no comprendemos.

5. Frases e interrogantes preferidos. Elegimos tres “frases preferidas” o “tres interrogantes” para llevarlos al grupo. Estos podrían ser como la perla preciosa del tesoro escondido de nuestra vida.

6. Sacamos conclusiones. Bien para nuestra vida o la de nuestra comunidad.

7. Preguntas. Cuyas respuestas nos pueden ayudar a profundizar en el contenido de cada tema.

ORACIONES Y CANTOS

Procuraremos comenzar con una oración y acabar con un canto, que hagan referencia al tema del día.

Sin olvidar que el núcleo de la Exhortación es “una llamada a la santidad”, que trae su raíz desde nuestro Bautismo.

 

ESQUEMA GENERAL DE LA EXHORTACIÓN GAUDETE ET EXSULTATE

El Señor nos quiere santos.

El llamado a la santidad

• Los santos nos alientan y acompañan.
• Hay santo de la puerta de al lado.
• El Señor llama: proyecto único e irrepetible.
• También para ti: todos estamos llamados.
• Tu misión en Cristo: la vida como una misión.
• La santidad que santifica: apuntar alto.

Dos sutiles enemigos de la santidad

• El gnosticismo actual: superficialidad vanidosa que quiere domesticar el mismo.
• El pelagianismo actual: reducir y encorsetar el Evangelio.

A la luz del maestro

• A contracorriente: la hermosa libertad de las bienaventuranzas.
• El gran protocolo: lo que hicimos a los demás, el compromiso social.

Algunas notas de la santidad en el mundo actual

• Aguante, paciencia y mansedumbre.
• Alegría y sentido del humor: la revolución de la alegría.
• Audacia y fervor, porque Dios es siempre novedad.
• En comunidad frente al individualismo consumista.
• En oración constante: contemplación y súplica.

Combate, vigilancia y discernimiento

• El combate y la vigilancia: vencen el mal con el bien.
• El discernimiento: examinar lo que hay dentro.

MARÍA

Conversar con Ella nos consuela, nos libera y nos santifica.
La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado, para explicarle lo que nos pasa.
Basta musitar una y otra vez:
“Dios te salve, María…”

Puedes descargar la Introducción aquí.