Cooperadores Amigonianos


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TEMA 6. ALGUNAS PERSPECTIVAS PASTORALES

LOS GRANDES DESAFÍOS PASTORALES

Serán las distintas comunidades quienes deberán elaborar propuestas más prácticas y eficaces, que tengan en cuenta tanto las enseñanzas de la Iglesia como las necesidades locales.

El Evangelio de la familia es “alegría que llena el corazón y la vida entera”, porque en Cristo somos liberados del pecado, la tristeza, vacío interior y desaliento (Evangelii Gaudium,1). La Iglesia que predica sobre la familia es signo de contradicción. Los matrimonios agradecen que los pastores les ofrezcan motivaciones para una valiente apuesta por un amor fuerte, solido, duradero, capaz de hacer frente a todo lo que se le cruce por delante. La Iglesia quiere llegar a las familias con humilde comprensión, y su deseo es “acompañar a cada una y a todas las familias para que puedan descubrir la mejor manera de superar las dificultades que se encuentran en su camino. Para que las familias puedan ser cada vez más sujetos activos de la pastoral familiar, se requiere un esfuerzo evangelizador y catequístico dirigido a la familia, que la oriente en este sentido.

La pastoral familiar “debe hacer experimentar” que el Evangelio de la familia responde a las expectativas más profundas de la persona humana: su dignidad y realización plena en la reciprocidad, comunión y fecundidad. Se ha subrayado la necesidad de una evangelización que denuncie con franqueza los condicionamientos culturales, sociales, políticos y económicos que, impiden una autentica vida familiar, determinando discriminaciones, pobreza, exclusiones y violencia. Entablar un diálogo y cooperación con las estructuras sociales, alentar y sostener a los laicos que se comprometen, como cristianos, en el ámbito cultural y sociopolítico.

La parroquia que es una familia de familias, se plantea la necesidad de una formación más adecuada de los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, catequistas y otros agentes de pastoral. Se ha destacado que a los miembros ordenados les suele faltar formación adecuada para tratar los complejos problemas actuales de las familias. Puede ser útil la experiencia de la larga tradición oriental de los sacerdotes casados.

Los seminaristas deberían acceder a una formación interdisciplinaria más amplia sobre noviazgo y matrimonio, y no sólo en cuanto a la doctrina. Habrá que garantizar durante la formación una maduración para que los futuros ministros posean el equilibrio psíquico que su tarea les exige. Los vínculos familiares son fundamentales para fortalecer la sana autoestima de los seminaristas. Es importante que la familia acompañe todo el proceso del seminario y del sacerdocio; ayudan a fortalecerlo de un modo realista. Es saludable la combinación de tiempo en el seminario y la parroquia para tomar contacto con la realidad concreta de las familias. A lo largo de su vida pastoral, el sacerdote se encuentra sobre todo con familias.

Necesidad de formación de agentes laicos de pastoral familiar con ayuda de psicopedagogos, médicos de familia, asistentes sociales, abogados. Los profesionales que tienen experiencia de acompañamiento, ayudan a encarnar las propuestas pastorales en situaciones reales y concretas de las familias. Una buena capacitación pastoral es importante, a la vista de las situaciones particulares de emergencia derivadas de los casos de violencia doméstica y abuso sexual.

Necesitamos ayudar a los jóvenes a descubrir el valor y la riqueza del matrimonio, que promueve el bien de los hijos y les ofrece el mayor contexto para su maduración y educación.

Un compromiso mayor de toda la comunidad cristiana en la preparación de los prometidos al matrimonio. Recordar la importancia de las virtudes. La “castidad” resulta condición preciosa para el crecimiento del amor interpersonal. Se puso de relieve la necesidad de programas específicos para la preparación próxima al matrimonio que sean una auténtica experiencia de participación en la vida eclesial y profundicen en los diversos aspectos de la vida familiar.

Acompañar el camino del amor de los novios. Los que se casan son para su comunidad cristiana “un precioso recurso, porque, empeñándose con sinceridad para crecer en el amor y el don reciproco, pueden contribuir a renovar todo el cuerpo eclesial”. Hay diversas maneras legítimas de organizar la preparación al matrimonio y, cada Iglesia local, discernirá lo mejor, procurando una formación adecuada que no aleje a los jóvenes del sacramento. Interesa más la calidad que la cantidad, hay que dar prioridad a contenidos que les ayuden a comprometerse en un camino para toda la vida con gran ánimo y libertad.

Es conveniente lograr una preparación remota que haga madurar el amor que se tienen, con un acompañamiento cercano y testimonial. Son útiles los grupos de novios y las ofertas de charlas opcionales sobre variedad de temas que interesen a los jóvenes. El principal objetivo es ayudar a cada uno para que a amar a esa persona con la que quiere compartir toda la vida. Llegan mejor preparados al casamiento, quienes han aprendido de sus padres lo que es un matrimonio cristiano. Todas las acciones pastorales, tienden a ayudar a crecer en el amor y a vivir el Evangelio en la familia.

Los novios deberían ser estimulados y ayudados para que puedan hablar de lo que cada uno espera del matrimonio, de su modo de entender lo que es el amor y el compromiso, de lo que se desea del otro, del tipo de vida en común. El dialogo es tan importante o más que la atracción mutua para sostener la unión.

Reconocer los puntos débiles del otro y ayudar a cambiar, a desarrollar lo mejor de su persona para contrarrestar el peso de sus fragilidades. Aceptar con sólida voluntad la posibilidad de afrontar algunas renuncias, momentos difíciles y situaciones conflictivas. Muchos llegan al matrimonio sin conocerse. Sólo se han distraído juntos, han hecho experiencias juntos, pero no han enfrentado el desafío de mostrarse a sí mismos y de aprender quién es en realidad el otro.

El matrimonio es una vocación, no el final del camino. La pastoral prematrimonial debe ser ante todo una pastoral del vínculo, donde se aporten elementos que ayuden tanto a madurar el amor como los momentos duros. En la preparación de los novios debe ser posible indicarles lugares y personas, consultorías o familias disponibles, donde puedan acudir en busca de ayuda cuando surjan dificultades.

Prioridad: “Colocar el amor por encima de todo”. Tener la valentía de ser diferentes, de no dejarse devorar por la sociedad de consumo y de la apariencia. Lo más importante es el amor que os une, fortalecido y santificado por la gracia. Ser capaces de optar por una celebración austera y sencilla, colocando el amor por encima de todo.

Vivir con hondura la celebración litúrgica. Ayudarles a vivir y percibir el sentido de cada gesto. Un compromiso tan grande que expresa el consentimiento matrimonial, la unión de los cuerpos que consuma el matrimonio, entre dos bautizados, sólo puede interpretarse como signos del amor del Hijo de Dios, hecho carne y unido con su Iglesia en “alianza de amor”. Las palabras y los gestos se convierten en un lenguaje elocuente de la fe.

A veces, los novios no perciben el peso teológico y espiritual del consentimiento. Estas palabras no pueden ser reducidas al presente; implican una totalidad que incluye el futuro: “hasta que la muerte os separe”. El honor de la palabra dada, la fidelidad de la promesa, no se pueden comprar ni vender, ni imponer a la fuerza, tampoco custodiar sin sacrificio.

Hay que ayudar y advertir que el sacramento no es sólo un momento, que luego pasa a formar recuerdos; que ejerce su influencia sobre toda la vida matrimonial, de manera permanente. El significado procreativo, el lenguaje del cuerpo, los gestos de amor vividos en la historia del matrimonio, se convierten en una “ininterrumpida continuidad del lenguaje litúrgico”.

Meditar con las lecturas bíblicas, comprender los signos: enriquecer la comprensión de los anillos que se intercambian, o de otros signos. No sería bueno que se llegue al casamiento sin haber orado juntos, el uno por el otro, pidiendo ayuda a Dios para ser fieles y generosos, preguntándole juntos a Dios que es lo que Él espera de ellos, consagrar su amor ante una imagen de María. Quienes acompañen, deberían orientarlos para que sepan vivir esos momentos de oración que pueden hacerles mucho bien. Jesús inició sus milagros en el banquete de las Bodas de Caná: “el vino bueno del milagro del Señor” que anima el nacimiento de una nueva familia, es el vino nuevo de la Alianza de Cristo con los hombres y mujeres de todos los tiempos.

El matrimonio es una cuestión de amor, sólo pueden casarse los que se eligen libremente y se aman. Cuando el amor se convierte en una mera atracción, hace que los cónyuges sufran una extraordinaria fragilidad cuando la afectividad entra en crisis o la atracción física decae. Es imprescindible acompañar en los primeros años de la vida matrimonial para enriquecer y profundizar la decisión consciente y libre de pertenecerse y amarse hasta el fin.

Descubrir que el matrimonio no puede entenderse como algo acabado. La unión es real e irrevocable, confirmada y consagrada por el sacramento del matrimonio. La mirada se dirige al futuro que hay que construir día a día con la gracia de Dios. Es un proyecto de construir juntos con paciencia, comprensión, tolerancia y generosidad. El sí que se dieron es el inicio de un itinerario con un objetivo capaz de superar lo que planteen las circunstancias y obstáculos que se interpongan. La bendición recibida es una gracia y un impulso para ese camino siempre abierto.

Consolidar el futuro es vivir bien el presente. La esperanza es la que lleva la fuerza de la levadura, que hace mirar más allá de las contradicciones, los conflictos, las coyunturas, la que siempre hace ver más allá. La que pone en marcha toda inquietud para mantenerse en un camino de crecimiento.

El camino indica pasar por distintas etapas que convocan a donarse con generosidad: del impacto inicial se pasa a la necesidad del otro percibido como parte de la propia vida., al gusto de la pertenencia mutua, a la comprensión de la vida entera como un proyecto de los dos, a poner la felicidad del otro, por encima de las propias, al gozo de ver el propio matrimonio como un bien para la sociedad. En cada nueva etapa del matrimonio hay que sentarse a volver a negociar los acuerdos, para que no haya ganadores ni perdedores, sino que ganen los dos. En el hogar las decisiones no se toman solos: los dos comparten la responsabilidad. Cada hogar es único y diferente.

Asumir el matrimonio como un camino de maduración, donde cada uno es un instrumento de Dios para hacer crecer al otro. Cada matrimonio es una “historia de salvación”. Se parte de una fragilidad que, gracias al don de Dios y a una respuesta creativa y generosa, va dando paso a una realidad preciosa: la de hacerse el uno al otro más hombre o más mujer. Hacer crecer es ayudar al otro a moldearse en su propia identidad. Es amor es artesanal. El amor hace que uno espere al otro y ejercite esa paciencia propia del artesano que heredó de Dios.

El acompañamiento debe alentar a los esposos a ser generosos en la comunicación de la vida. La elección responsable de la paternidad presupone la formación de la conciencia que es: “el núcleo más secreto y sagrado del hombre, en el que se siente a solas con Dios y su voz resuena en el recinto más íntimo de aquella” (Gaudium et spes, 16).

“Los primeros años de matrimonio son un periodo vital y delicado durante el cual los cónyuges crecen en la conciencia de los desafíos y del significado del matrimonio. Acompañamiento pastoral en los primeros años del matrimonio resulta de gran importancia en esta pastoral la presencia de esposos con experiencia. La parroquia se considera el lugar conde los cónyuges expertos pueden ofrecer su disponibilidad a ayudar a los más jóvenes. Hay que alentar a los esposos a una actitud fundamental de acogida del gran don de los hijos. Resaltar la importancia de la espiritualidad familiar, de la oración, la participación en la Eucaristía dominical.

Aprender a encontrarse a experimentar la presencia del otro. El amor necesita tiempo disponible y gratuito, que coloque otras cosas en un segundo lugar. Hace falta tiempo para dialogar, para abrazarse sin prisa, para compartir proyectos, escucharse, mirarse, valorarse, para fortalecer la relación. El problema es el ritmo frenético de la sociedad o los compromisos laborales. Se comparten espacios físicos pero sin prestarse atención el uno al otro.

Aportar los recursos prácticos para llenar de contenido todos los momentos. El tiempo de recreación con los hijos, las maneras de celebrar cosas importantes, los espacios de espiritualidad compartida, momentos para aprender a comunicarse mejor. Cuando no se sabe qué hacer con el tiempo compartido, uno u otro de los cónyuges terminará refugiándose en la tecnología, inventará compromisos, buscará otros brazos, o escapará de una intimidad incómoda.

Crear una rutina propia, que brinda una sana sensación de estabilidad, de seguridad, que se construye con rituales cotidianos compartidos. Es bueno darse un beso por la mañana, bendecirse todas las noches, esperar al otro y recibirlo cuando llega, tener algunas salidas juntas, compartir tareas domésticas. Es bueno cortar con la rutina con la fiesta, no perder la capacidad de celebrar, alegrarse y festejar en familia las experiencias lindas. Sorprenderse juntos por los dones de Dios y alimentar el entusiasmo de vivir.

Alentar a las familias a crecer en la fe. Animar a la confesión frecuente, dirección espiritual, asistencia a retiros, crear espacios semanales de oración familiar: “la familia que reza unida permanece unida”. Convocar para orar unos por otros y poner la familia en manos del Señor. alentar a los cónyuges a tener momentos de oración en soledad con Dios. Cada uno tiene sus cruces secretas. ¿Por qué no contarle a Dios lo que perturba nuestro corazón, o pedirle la fuerza para sanar las propias heridas, e implorar luces para poder mantener el propio compromiso? La Palabra de Dios no sólo es una buena nueva para la vida privada, sino una luz para el discernimiento de los diversos desafíos a afrontar en la familia.

En los matrimonios entre creyentes y no creyentes, se deben encontrar valores comunes que puedan compartir y cultivar con entusiasmo. Amar al cónyuge incrédulo, darle felicidad, aliviar sus sufrimientos y compartir la vida con él es un verdadero camino de santificación. El amor es un don de Dios y allí donde se derrama hace sentir su fuerza transformadora.

Desplegar mediaciones para cuidar y reavivar a las familias a través de recursos como: reuniones de matrimonios vecinos o amigos, retiros breves para matrimonios, charlas por especialistas de la problemática familiar, centros de asesoramiento, consultorías, talleres de formación para padres con hijos con problemas…

Muchos matrimonios desaparecen de la comunidad cristiana después del casamiento. Desperdiciamos las ocasiones que vuelven a hacerse presentes, donde se les podría proponer, de manera atractiva, el ideal del matrimonio cristiano, acercándoles de nuevo: bautismo de un hijo, primera comunión, cuando participan en algún funeral o casamiento. Podrían ser aprovechadas estas ocasiones. Hoy, la pastoral familiar debe ser misionera, en salida, en cercanía, en lugar de reducirse a una fábrica de cursos a la que pocos asisten.

TRABAJO EN GRUPO

¿Qué hemos descubierto?
¿Cómo me ha acompañado mi comunidad en mi realidad familiar?
¿Qué ideas pastorales propone la Exhortación y qué podemos hacer nosotros?

 

ORACIÓN

Te bendecimos, Señor, por cada etapa de nuestro matrimonio.
Te bendecimos por el impacto inicial.
Te bendecimos por los primeros años de nuestro matrimonio
y los años siguientes.
Te bendecimos por nuestra pertenencia mutua.
Te bendecimos por nuestra vida como un proyecto de a dos.
Te bendecimos por nuestra familia como un proyecto para todos.
Te bendecimos por todo lo que hemos vivido.
Bendice tú nuestro presente lleno de esperanza.

 

CANTO
Oración por la familia

Que ninguna familia comience en cualquier de repente.
Que ninguna familia se acabe por falta de amor.
La pareja sea el uno en el otro de cuerpo y de mente
y que nada en el mundo separe un hogar soñador.

Que ninguna familia se albergue debajo del puente
y que nadie interfiera en la vida y en la paz de los dos,
y que nadie los haga vivir sin ningún horizonte,
y que puedan vivir sin temer lo que venga después.

La familia comience sabiendo por qué y a donde va
y que el hombre retrate la gracia de ser un papá.
La mujer sea cielo y ternura y afecto y calor
y los hijos conozcan la fuerza que tiene el amor.

Bendecid ¡oh Señor! las familias. Amén.
Bendecid ¡oh Señor! la mía también.
Bendecid ¡oh Señor! las familias. Amén.
Bendecid ¡oh Señor! la mía también.

Que marido y mujer tengan fuerza de amar sin medida
y que nadie se vaya a dormir sin buscar el perdón.
Que en la cuna los niños aprendan el don de la vida,
la familia celebre el milagro del beso y del pan.
Que marido y mujer de rodillas contemplen sus hijos
que por ellos encuentren la fuerza de continuar.

Y que en su firmamento la estrella que tenga más brillo
pueda ser la esperanza de paz y certeza de amar.
La familia comience sabiendo por qué y conde va
y que el hombre retrate la gracia de ser un papá.
La mujer sea cielo y ternura y afecto y calor
y los hijos conozcan la fuerza que tiene el amor.

Bendecid ¡oh Señor! las familias. Amén.
Bendecid ¡oh Señor! la mía también.
Bendecid ¡oh Señor! las familias. Amén.
Bendecid ¡oh Señor! la mía también.


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FELICITACIÓN PASCUAL

¡Es Pascua!
¡Aleluya, Cristo ha vencido a la muerte!

 Hemos llegado al final del camino cuaresmal. ¡Un peregrino no deja a nadie en la cuneta, solo, al borde del camino! ¡Qué maravillosa es la solidaridad! En nuestro camino nos hemos encontrado con personas que nos han ayudado sin pedir nada a cambio. El mundo es mejor gracias a nuestros gestos y palabras de aliento, con nuestro servicio. Un amor que no sirve a los demás, no es auténtico amor.

El verdadero peregrino que ha recorrido el camino hacia la Pascua hasta el final, no puede quedarse ahí, porque ha abierto la puerta de su corazón a Cristo para toda su vida.

Con Él hemos vivido vivencias muy emocionantes, hemos visto que es hermosa la vida, que escuchando a los otros te enriqueces. Que vale la pena gastarse por nuestros compañeros. Sí, lo hemos entendido bien, hemos llegado a la meta, pero nuestro camino no acaba, sino que ahora empieza con la Resurrección del Señor.

Es como un inmenso sol que no termina nunca de irradiar sus dulces rayos de luz sobre el mundo. Durante la Pascua caminamos hacia el encuentro con Cristo resucitado que quiere transformar nuestra vida con su amor.

¡Cristo ha resucitado! Es la noticia que el cristiano ha de comunicar a todos. Noticia que da esperanza y que nos abre nuevos horizontes. En este tiempo de guerras, atentados, dolor, muerte… Nos urge la necesidad de hacer presente la esperanza. Sin ella no se crea nada. Necesitamos escuchar que “Cristo ha resucitado”. Anunciar esta nueva, es entrar en la dinámica de la esperanza. “El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rm 15,13)

La Pascua ha de promover en nosotros, que la fe se fortalece dándola. Nuestro primer compromiso, después de nuestro peregrinar, es mostrar con nuestras obras y palabras, que Dios ama al hombre y que ese amor se ha manifestado en Jesucristo.

Los Cooperadores Amigonianos que hemos hecho la experiencia de nuestro peregrinar en Cuaresma, ahora, tenemos que demostrar con “nuevo ardor”, la capacidad que nos da el Señor de “sintonizar” y “descubrir” el rostro autentico de Dios que es Amor.

¡Cristo ha resucitado, resucitemos con Él! ¡Aleluya!

Que la paz y la alegría del Señor Resucitado estén presentes en nosotros y nuestras familias. Gocemos de la alegría de la Pascua.

María Isabel Salort Sala
Presidenta de CCAA de España


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PROPTER NOS HÓMINES ET PROPTER NOSTRAM SALÚTEM

El pasado sábado día 25 de marzo, celebramos nuestro Retiro Anual de Cuaresma en el Seminario San José de Godella.

Asistimos más de 60 Cooperadores Amigonianos de los grupos de Godella, Colina San Vicente, Torrente y Teruel; acompañados por nuestros respectivos animadores espirituales P.José María Simón, P. Juan Manuel González y P.José Narbona.

El retiro fue dirigido por Rvdo. D.Joan Carles Alemany Vicens, bajo el lema “Propter nos Hómines et Propter Nostram Salútem”, por nosotros los hombres y por nuestra salvación.

Para descargar la ponencia completa, pinche aquí.


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IV JORNADA DE LAICOS Y RELIGIOSOS EN MISIÓN COMPARTIDA

Nuevamente nos reunimos en Misión Compartida el pasado día 4 de marzo en Madrid.

Una misión en la que laicos y religiosos caminamos juntos, como nunca antes se había hecho. Un nuevo camino es el que se abre, lleno de creatividad y de ilusión, también de dificultades porque están por crear los nuevos odres para las familias carismáticas.

Se nos reunió para formarnos en esta nueva etapa que no es una moda sino un regalo del Espíritu a la Iglesia. Por la fuerza de ese mismo Espíritu, ese carisma que se dio al fundador rebasa la vida consagrada y llega a los laicos.

A los más de 300 participantes reunidos en pequeños grupos se nos invitó a dialogar sobre la Misión Compartida: ¿A qué me suena? ¿Qué dudas tengo? ¿A qué me invita?

En todo este proceso que tenemos por delante hay que cuidar el eje afectivo-relacional, más que transmitir se trata de contagiar, crear redes de personas que viven con el mismo entusiasmo.

Fue una jornada de formación intensa, de compartir experiencias y retos, de cambiar piedras por flores, esta fue una de las dinámicas que se nos preparó. Es decir, desde las dificultades a los proyectos esperanzados.

La vocación está en el origen de toda misión. Los laicos tenemos una vocación, Dios cuenta con nosotros. Es importante descubrir dónde estamos y dónde queremos llegar.

Concepción P. Saura

 

En este camino que iniciamos ya, como peregrinos con el mismo carisma y espiritualidad en Cristo, con vocación de religiosos o laicos según el don recibido; durante estas tres etapas nos hemos capacitado juntos en misión compartida, conocimos las distintas experiencias de formación presentadas que nos pueden ayudar, también compartimos dificultades y logros de vida compartida.

Así, todos juntos en comunión, unidad que no uniformidad, desde cada carisma fundacional, como bien recalcó P. Juan Antonio Cartagena en su presentación, trataremos de superar los obstáculos que hay en esta misión compartida, de una vida cristiana que encarna y compromete el proyecto nacido de la experiencia de aquellos que recibieron el carisma como un regalo de Dios.

Desde la máxima de primero reflexión, después discernimiento, y siempre oración. Cuánto hemos avanzado!!! No te imaginas las dificultades que sobre ambos se ciernen, pues la acción del espíritu crea confusión aparente para luego reconducir a la armonía con amor.

Salvar las dificultades tanto de los religiosos que consideran la participación del laicado subsidiaria y sólo necesaria de compartir aspectos menores del carisma, reduciendo la misión compartida a un reparto de tareas, que ven la comunión con el laico como un peligro para su identidad, y la de aperturarse a conocer nuevas formas y maneras de vivir favoreciendo espacios para la formación conjunta o compartir momentos de oración porque piensan que es exclusivo del carisma “religioso” y debe mantenerse cerrada a los laicos.

Como las que proceden de los laicos, que no deben reducir su participación a colaborar en las obras de la misión en un tiempo semanal de compartir vida, superando la asunción de ser una versión reducida del carisma religioso y tampoco simplificarse en un paradigma de sustitución, la falta de formación en espiritualidad o el miedo a la relación cercana con los religiosos, debe salvarse en una formación conjunta.

La vocación impregna toda la vida, y en esto los Amigonianos vamos andando en comunión ya… ¿Cómo superar estas dificultades?

En la misión convergen, la participación del laicado y vida religiosa, espacio de diversidad y complementariedad apostólica, para superar estos retos, ambos deben sentir una espiritualidad y carisma cercano siendo conscientes de que toda vida es vocación, y que la vocación divina, no se reduce a la autorrealización propia sino que apunta a lo universal, compartir misión implica compromiso y es necesaria formación y liderazgo. Y esto es sobre lo que nos formamos.

Paz y Bien,
Reme Calvo


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TEMA 5. AMOR QUE SE VUELVE FECUNDO

El amor siempre da vida, pero el amor conyugal “no se agota dentro de la pareja”, porque a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo que es reflejo viviente de su amor.

La familia es el ámbito de la acogida de la nueva vida que llega como regalo de Dios. Cada nueva vida “nos permite descubrir la dimensión gratuita del amor que jamás deja de sorprendernos”. Los hijos son amados antes de nacer, sin haber hecho nada para merecerlo. Pero muchos niños son rechazados, abandonados, les roban su infancia y su futuro.

Algunos padres, para justificarse, dicen que fue un error hacer que vinieran al mundo. Si un niño llega en circunstancias no deseadas, se debe hacer lo posible y aceptarlo como un don de Dios y acogerlo con apertura y cariño. Hay que evitar que el niño piense que es un error, que no vale nada, que ha sido abandonado a las heridas de la vida. El don de un nuevo hijo, comienza con la acogida.

Las familias numerosas son una alegría para la Iglesia. En ellas, el amor, expresa su fecundidad generosa. La paternidad responsable no es “procreación ilimitada o falta de conciencia de educar a los hijos”, sino la facultad de educar de modo sabio y responsable.

El embarazo es una época difícil, pero un tiempo maravilloso. La madre acompaña a Dios para que se produzca el “milagro” de una nueva vida. Cada niño que se forma dentro de su madre es un proyecto dentro del Padre Dios y de su amor eterno: “Antes de que te formaste en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré” (Jr 1,5). Cada niño está en el corazón de Dios desde siempre, cuando es concebido se cumple el sueño eterno del Creador.

La mujer embarazada puede participar de ese proyecto de Dios soñando a su hijo. No se concibe una familia sin sueños. Cuando en una familia se pierde la capacidad de soñar, los chicos no crecen, el amor no crece, la vida se debilita y apaga. Dentro de este sueño, aparece el bautismo. Los padres lo preparan con su oración, entregando su hijo a Jesús ya antes de su nacimiento.

Con los avances de la ciencia se puede saber de antemano, todas sus características porque están inscritas en su código genético. Pero sólo el Padre que lo creó lo conoce en plenitud; sabe quién es ese niño, cuál es su identidad más honda. Es importante que el niño que llega, se sienta muy esperado. Es un ser humano con un valor inmenso. Y cada uno de ellos es único e irrepetible. Se le ama porque es hijo, no porque sea guapo o feo. El amor de los padres es instrumento del amor del Padre Dios que espera con ternura el nacimiento de cada niño, lo acepta sin condiciones y lo acoge gratuitamente.

Cuida tu alegría, que nada te quite el gozo interior de la maternidad. Ese niño merece tu alegría. Que nada apague la felicidad de ser instrumento de Dios para traer una nueva vida al mundo. Alaba, como María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…” (Lc 1,46-48). Ruega al Señor que cuide tu alegría para transmitírsela a tu niño.

Todo niño tiene derecho a recibir el amor de un padre y una madre, son necesarios para su maduración integral y amorosa. Respetar la dignidad de un niño significa afirmar su necesidad y derecho natural a unos padres. Éstos son cooperadores del amor de Dios Creador.

El sentimiento de orfandad que viven hoy muchos niños y jóvenes es más profundo de lo que pensamos. Las mujeres quieren estudiar, trabajar, desarrollar sus capacidades, tener objetivos personales. No podemos ignorar la necesidad que tienen los niños de la presencia materna, sobre todo, en los primeros años de su vida. La grandeza de la mujer implica todos los derechos que emanan de su dignidad humana, de su genio femenino indispensable para la sociedad. Ser mujer implica una misión peculiar, que la sociedad necesita proteger y preservar para bien de todos.

Las madres son el antídoto más fuerte ante la difusión del individualismo egoísta. Ellas testimonian la belleza de la vida. “Una sociedad sin madres sería una sociedad inhumana”. Saben testimoniar, aún en los peores momentos, la ternura, entrega, fuerza moral… Sin las madres la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo.

La madre que ampara al niño con su ternura y compasión, le ayuda a despertar la confianza, a experimentar que el mundo es un lugar bueno que lo recibe, lo que permite desarrollar una autoestima que favorece la capacidad de intimidad y empatía. La figura paterna, ayuda a percibir los límites de la realidad que se caracteriza más por la orientación, la salida a un mundo más amplio y desafiante. La presencia clara y bien definida de las dos figuras, crea el ámbito más adecuado para la maduración del niño.

Dicen que vivimos en una sociedad “sin padres”. Pero el problema parece que es más la ausencia del padre, que no está presente. El padre está tan concentrado en su trabajo, sus realizaciones individuales, etc., que olvida a la familia, deja solos a los pequeños, a los jóvenes. La presencia paterna, su autoridad hoy, está puesta bajo sospecha y, los adultos son crudamente cuestionados. No es sano que se intercambien los roles entre padres e hijos, ya que daña el proceso de maduración que los niños necesitan y les niega un amor orientador que les ayude a madurar.

Dios pone al padre en la familia para que, con sus características, “sea cercano” a la esposa y compartan alegrías, dolores, cansancios, esperanzas… “Sea cercano” a los hijos en su crecimiento, juegos, ocupaciones, si están despreocupados, angustiados, taciturnos, cuando se lanzan o tienen miedo, si dan un paso equivocado… Estar presente no quiere decir controlador. Si controlan mucho, anulan a los hijos.

Muchas parejas no pueden tener hijos. Se sufre por ello. Pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación. Aunque falten los hijos (muchas veces tan deseados), el matrimonio como amistad y comunión, existe y conserva su valor e indisolubilidad.

La adopción es un camino para realizar la maternidad y paternidad de una manera muy generosa. Adoptar es el acto de amor de regalar una familia a quien no la tiene. Acoger a una persona de manera incondicional y gratuita, es mediación de ese amor de Dios: “Aunque tu madre te olvidase, yo jamás te olvidaría” (Is 49,15).

La opción de adopción y acogida expresa una fecundidad particular de la experiencia conyugal. El hijo es querido como un derecho a la propia autoafirmación, la adopción y acogida, entendidas correctamente, muestran el aspecto importante de ser padres y ser hijos. Se debe frenar el tráfico de niños entre países y continentes mediante oportunas medidas legislativas y control estatal.

La fe no nos aleja del mundo, sino que nos introduce más profundamente en él. la familia no se debe pensar como un recinto llamado a protegerse de la sociedad, sino que sale de sí en la búsqueda solidaria.

“Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia
Si te quiero es porque sos mi amor,
mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos”.                

Ninguna familia puede ser fecunda si se concibe como demasiado “diferente” o “separada”. Recordemos que la familia de Jesús, llena de gracia y sabiduría, no era vista como una familia rara, extraña ni alejada del pueblo, que le costaba reconocer la sabiduría de Jesús: “¿No es este el hijo del Carpintero y de María?” (Mt 6,2-3). Era una familia sencilla, cercana e integrada en el pueblo. Algunas familias cristianas, por el lenguaje que usan, el modo de hablar, el estilo del trato, son vistas como lejanas, separadas de la sociedad.

Si se experimenta la fuerza del amor, que está llamado a sanar las heridas de los abandonados, a instaurar la cultura del encuentro, luchar por la justicia. Dios ha confiado a la familia el proyecto de hacer “doméstico el mundo”, para que todos lleguen a sentir a cada ser humano como hermano. Las familias abiertas y solidarias hacen espacio a los pobres, son capaces de tejer una amistad con quienes lo están pasando peor que ellas: “Cada vez que lo hiciste con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

Con el testimonio y la palabra, las familias hablan de Jesús a los demás, transmiten la fe, despiertan el deseo de Dios, muestran la belleza del Evangelio y estilo de vida que propone. La manera de hacer presente el amor de Dios en la sociedad.

Para discernir el cuerpo de Cristo, es conveniente tomar muy en serio un texto bíblico al celebrar la Eucaristía. Sin descuidar su sentido más inmediato y directo. San Pablo en (1ª Cor 11,17-34) enfrenta una situación vergonzosa de la comunidad. Algunas personas acomodadas tendían a discriminar a los pobres, incluso en el ágape que acompañaban a la celebración de la Eucaristía. Mientras los ricos gustaban sus manjares, los pobres se quedaban mirando.

La Eucaristía reclama la integración en un único cuerpo eclesial. Quien se acerca al Cuerpo y Sangre de Cristo no puede al mismo tiempo ofender este Cuerpo provocando escandalosas divisiones entre sus miembros. Se trata de “discernir” el Cuerpo del Señor, reconocer con fe y caridad, tanto en los signos sacramentales como en la comunidad, de otro modo, se come y bebe la propia condenación. Es una seria advertencia para las familias que se encierran en su comodidad o se aíslan; permanecen indiferentes ante el sufrimiento de familias pobres o necesitadas. Hay que abrir las puertas de la propia familia a una mayor comunión con los descartables de la sociedad. Así recibir el sacramento del amor eucarístico que nos hace un solo cuerpo. Las familias que se alimentan de la Eucaristía con adecuada disposición, refuerzan su deseo de fraternidad, servicio social y compromiso con los necesitados.

El pequeño núcleo familiar no debería aislarse de los demás miembros: abuelos, tíos, primos e incluso vecinos. En esta gran familia, puede haber alguien necesitado de ayuda, de compañía, de afecto, pueden haber grandes sufrimientos que necesitan consuelo.

A nadie le hace bien perder la conciencia de ser hijo. Cuando se llega a la edad adulta o ancianidad, o se convierte en padre y ocupa un puesto de responsabilidad, debe permanecer la identidad de hijo. Todos somos hijos, la vida no nos la hemos dado nosotros mismos, sino que la hemos recibido. Es el primer gran regalo que se nos hace.

El cuarto mandamiento pide: “que honren al padre y a la madre” (Ex 20.12). viene inmediatamente después de los que se refieren a Dios. Encierra algo sagrado, divino, que está en la raíz de cualquier tipo de respeto entre los hombres. Es garantía de futuro, de una historia verdaderamente humana. “Una sociedad de hijos que no honran a sus padres, es una sociedad sin honor”.

El matrimonio desafía a encontrar una nueva manera de ser hijos: “Abandonará el hombre a su padre y a su madre” (Gn 2,24). Esto a veces no se cumple, no termina de asumirse porque no se ha hecho esa renuncia y esa entrega. Los padres no deben ser abandonados ni descuidados, pero para unirse en matrimonio hay que dejarlos, para que el nuevo hogar sea la morada, la protección, la plataforma y el proyecto para convertirse de verdad en una sola carne. El matrimonio desafía a encontrar una nueva manera de ser hijos.

No me rechaces en la vejez, me van faltando las fuerzas” (Sal 71,9). El anciano teme el olvido y el desprecio. Dios nos invita y espera que escuchemos el grito de los ancianos. La Iglesia no puede ni quiere conformarse a una mentalidad de intolerancia, desprecio e intolerancia y falta de respeto en la vejez. Fomenta el sentido de gratitud, aprecio y hospitalidad que hagan sentir al anciano parte viva de su comunidad. Son padres y madres, mujeres y hombres que antes estuvieron en el mismo camino, en nuestra diaria batalla por una vida digna.

San Juan Pablo II invitó a prestar atención al lugar del anciano en la familia. Ellos ayudan a la continuidad de las generaciones, sirviendo de puente. Muchas veces son quienes aseguran la transmisión de los grandes valores a sus nietos. Los inician a la vida cristiana. Su presencia ayuda a los niños a reconocer que la historia no comienza con ellos, que son herederos de un camino que hay que respetar. “”Esta generación seguirá adelante si sabe respetar la sabiduría de sus mayores.

No se puede educar sin memoria: “Recordad aquellos días primeros” (Hb 10,32). Las narraciones de los ancianos hacen bien a los niños y jóvenes, los conecta con la historia vivida. La familia que no atiende y respeta a sus abuelos, que son su memoria viva, es una familia desintegrada. Si no hay sitio o se les descarta porque crean problemas, llevamos el signo de la muerte.

La relación entre los hermanos se hace más profunda con el paso del tiempo. El vínculo se forma en un clima abierto dentro de la familia, que es escuela de libertad y de paz. Es la que introduce la fraternidad en el mundo.

Crecer entre hermanos brinda la experiencia de cuidarse, ayudar y ser ayudado. Tener un hermano/a que te quiere, es una experiencia fuerte, impagable e insustituible. Hay que enseñar a los hijos a tratarse como hermanos. Es una escuela de sociabilidad. En los casos en los que no se ha podido tener más de un hijo, se buscaran las maneras para que el niño no crezca solo o aislado.

La familia no excluyente, no se reduce únicamente a los cónyuges y los hijos sino que en ella se integran también los amigos, las familias amigas y las comunidades de familias que se apoyan mutuamente en sus dificultades, su compromiso social y en su fe.

Esta gran familia debería integrar con mucho amor a las madres adolescentes, niños sin padres, mujeres solas que deben llevar adelante a sus hijos, personas con alguna discapacidad que requieran afecto y cercanía, jóvenes que luchan contra una adicción, solteros que están solos, separados, viudas/os, ancianos y enfermos que no están apoyados por los hijos… dándoles un amor sano y una tutela familiar cuando los padres no la aseguran.

En la familia no podemos olvidar a los suegros y demás parientes de ambos cónyuges. Evitar verlos como competidores, seres peligrosos o invasores. Estas son actitudes que se deben cuidar como un modo de generosidad y entrega amorosa entre los cónyuges.

TRABAJO EN GRUPO

Después de haber leído el tema, compartimos:

  • ¿Qué hemos descubierto?
  • ¿A qué conclusiones llegamos?
  • ¿Recuerdo cómo era mi vida de niño, relación con mis hermanos, amigos…?

 

P.LUIS AMIGÓ. EXHORTACIÓN PASTORAL “LA FAMILIA CRISTIANA”.
OBLIGACIÓN DE LOS HIJOS.

 1091 Ahora bien ¿en qué ha de consistir este honor? En tributarles el respecto que les es debido. En vuestros padres habéis de mirar a Dios, cuya paternidad ellos representan, y que recibe como hechos a Él mismo los honores que tributáis a vuestros padres, como también las faltas de sumisión y respeto. “En la obra y palabra honra a tu padre, para que te alcance su bendición” (Qo, 3,8). Y este respeto y honor lo habéis de mostrar hablándoles con modestia y humildad; escuchando y recibiendo con sumisión sus amonestaciones y castigos; sufriendo con paciencia sus defectos y procurando ocultarlos a los demás; evitando con cuidado todo lo que pueda contristarles; saliendo en su defensa cuando de otros sean calumniados o perseguidos; socorriéndoles en sus necesidades; siendo su consuelo y apoyo en la vejez, y asistiéndoles con solicitud en las enfermedades para que nada en lo corporal ni espiritual les falte hasta cerrar sus ojos al morir y darles cristiana sepultura.

 

 

ORACIÓN
Hacer doméstico el mundo

Señor, ayudamos como matrimonio
a sanar las heridas de los abandonados,
a instalar la cultura del encuentro,
a luchar por la injusticia,
a dar espacio a los pobres,
a sentir a cada ser humano como hermano,
a llenar de fe luminosa y esperanza activa a la sociedad,
a hacer más doméstico el mundo.
Ayúdanos a aceptar lo que hemos vivido
y a ser creadores de fraternidad.

 

CANTO
Hoy he vuelto

Cuántas veces siendo niño te recé,
con mis besos te decía que te amaba.
Poco a poco con el tiempo,
olvidándome de Ti,
por caminos que se alejan me perdí.

Hoy he vuelto, Madre, a recordar
cuántas cosas dije ante tu altar
y al rezarte puedo comprender
que una Madre no se cansa de esperar.

Al regreso, me encendías una luz,
sonriendo desde lejos me esperabas.
En la mesa,
la comida aún caliente y el mantel
y tu abrazo en mi alegría de volver.

Aunque el hijo se alejara del hogar,
una madre siempre espera su regreso
Que el regalo más hermoso que a los hijos da el Señor
es su madre y el milagro de su amor.