Cooperadores Amigonianos


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IV JORNADA DE LAICOS Y RELIGIOSOS EN MISIÓN COMPARTIDA

Nuevamente nos reunimos en Misión Compartida el pasado día 4 de marzo en Madrid.

Una misión en la que laicos y religiosos caminamos juntos, como nunca antes se había hecho. Un nuevo camino es el que se abre, lleno de creatividad y de ilusión, también de dificultades porque están por crear los nuevos odres para las familias carismáticas.

Se nos reunió para formarnos en esta nueva etapa que no es una moda sino un regalo del Espíritu a la Iglesia. Por la fuerza de ese mismo Espíritu, ese carisma que se dio al fundador rebasa la vida consagrada y llega a los laicos.

A los más de 300 participantes reunidos en pequeños grupos se nos invitó a dialogar sobre la Misión Compartida: ¿A qué me suena? ¿Qué dudas tengo? ¿A qué me invita?

En todo este proceso que tenemos por delante hay que cuidar el eje afectivo-relacional, más que transmitir se trata de contagiar, crear redes de personas que viven con el mismo entusiasmo.

Fue una jornada de formación intensa, de compartir experiencias y retos, de cambiar piedras por flores, esta fue una de las dinámicas que se nos preparó. Es decir, desde las dificultades a los proyectos esperanzados.

La vocación está en el origen de toda misión. Los laicos tenemos una vocación, Dios cuenta con nosotros. Es importante descubrir dónde estamos y dónde queremos llegar.

Concepción P. Saura

 

En este camino que iniciamos ya, como peregrinos con el mismo carisma y espiritualidad en Cristo, con vocación de religiosos o laicos según el don recibido; durante estas tres etapas nos hemos capacitado juntos en misión compartida, conocimos las distintas experiencias de formación presentadas que nos pueden ayudar, también compartimos dificultades y logros de vida compartida.

Así, todos juntos en comunión, unidad que no uniformidad, desde cada carisma fundacional, como bien recalcó P. Juan Antonio Cartagena en su presentación, trataremos de superar los obstáculos que hay en esta misión compartida, de una vida cristiana que encarna y compromete el proyecto nacido de la experiencia de aquellos que recibieron el carisma como un regalo de Dios.

Desde la máxima de primero reflexión, después discernimiento, y siempre oración. Cuánto hemos avanzado!!! No te imaginas las dificultades que sobre ambos se ciernen, pues la acción del espíritu crea confusión aparente para luego reconducir a la armonía con amor.

Salvar las dificultades tanto de los religiosos que consideran la participación del laicado subsidiaria y sólo necesaria de compartir aspectos menores del carisma, reduciendo la misión compartida a un reparto de tareas, que ven la comunión con el laico como un peligro para su identidad, y la de aperturarse a conocer nuevas formas y maneras de vivir favoreciendo espacios para la formación conjunta o compartir momentos de oración porque piensan que es exclusivo del carisma “religioso” y debe mantenerse cerrada a los laicos.

Como las que proceden de los laicos, que no deben reducir su participación a colaborar en las obras de la misión en un tiempo semanal de compartir vida, superando la asunción de ser una versión reducida del carisma religioso y tampoco simplificarse en un paradigma de sustitución, la falta de formación en espiritualidad o el miedo a la relación cercana con los religiosos, debe salvarse en una formación conjunta.

La vocación impregna toda la vida, y en esto los Amigonianos vamos andando en comunión ya… ¿Cómo superar estas dificultades?

En la misión convergen, la participación del laicado y vida religiosa, espacio de diversidad y complementariedad apostólica, para superar estos retos, ambos deben sentir una espiritualidad y carisma cercano siendo conscientes de que toda vida es vocación, y que la vocación divina, no se reduce a la autorrealización propia sino que apunta a lo universal, compartir misión implica compromiso y es necesaria formación y liderazgo. Y esto es sobre lo que nos formamos.

Paz y Bien,
Reme Calvo


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CUARESMA: ¿POR QUÉ EMPEZAR A CAMINAR?

img_1505Un año más, os invito a que en esta Cuaresma, nos preguntemos, si necesitamos reorientar nuestra vida por si nos hemos alejado un poco del camino o de los planes que el Señor tiene trazados para cada uno de nosotros.

La Cuaresma es una invitación a recorrer el camino de Jesús, prestando atención a su Palabra y, sobre todo, a sus gestos. “No tengamos miedo a caminar”, “no tengamos miedo a disfrutar de este viaje”. Caminemos junto a Él, sin instalarnos, aprovechando cada momento, cada paso, cada pausa, cada silencio…sin detenernos, con la esperanza siempre a flor de piel y la mirada fija en el final del camino: la Pascua.

Comencemos el camino de Cuaresma, convencidos, sin coacciones, ligeros de equipaje, listos para el combate, con mirada llena de ternura, calzado cómodo y apropiado; y mucha paciencia con nosotros mismos.

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, el ayuno, la oración y la limosna fueron los tres caminos privilegiados para recorrer la Cuaresma. Hoy, siguen siendo medios necesarios, convenientes y fecundos para renovar la vida cristiana.

La Cuaresma tiene que seguir siendo el camino oportuno para predicar con nuestro ejemplo y estar más a la escucha de la Palabra de Dios. En este camino, cada uno de nosotros podemos, como nos dice el Papa Francisco, ser un “don” para los demás (Mens. Cuaresma 2017). Pongamos nuestro corazón en sintonía con los latidos de Dios y el grito de los pobres y afligidos. En el camino, bebamos en los manantiales de la vida y no nos dejemos engañar por los espejismos del desierto. Sin condenar a los que no piensan como nosotros, no caminan a nuestro ritmo o, puede que lleven la mochila demasiado llena.

Si en el camino nos sentimos cansados, con ampollas en el alma, a punto de desfallecer, o estamos con ganas de abandonar, podemos poner nuestra mirada en el Crucificado: Él nos dará la respuesta puntual al por qué de nuestras dudas, cansancios, miedos… respuesta, que otros no pueden darnos. Recordemos que el P.Luis llamaba al crucifijo “su Quitapenas”.

Elijamos lo más esencial para realizar el viaje de cuaresma. Un verdadero peregrino tiene que esforzarse en ser paciente, alegre, generoso, simpático, atento a los demás, fuerte, sencillo, valiente, enérgico, voluntarioso… Y ¿dónde encontraremos todos estos signos? ¿Qué pondremos en nuestra mochila que nos dé respuesta y ejemplo para nuestro camino? Sólo una cosa es necesaria: la Palabra.img_1502

En ella están todas las cosas, personajes, vivencias, que serán ejemplo para nosotros.

Os he de confesar que de los personajes que aparecen en la Biblia, siempre me ha fascinado la figura de San Pedro. Quizá porque era un “enamorado” del Maestro, pero su carácter le traicionaba: ¡le fallaba!, ¡lo negó!, ¡dijo no conocerle!… Pero en cada fallo, crecía más su amor por el Señor.

Busquemos en la Palabra respuesta a todos los interrogantes que nos surjan en nuestro camino cuaresmal. Avancemos con paso firme, sorteando las falsas pistas pero dejando semillas que puedan germinar a su estilo.

Vivamos la Cuaresma bien despiertos, con fe, esperanza y amor. Con nuestros ojos siempre fijos en el Señor. Reconozcámonos necesitados de su perdón y su amor. Santa Teresa de Calcuta decía: “Cuando tomamos conciencia de que somos pecadores y que tenemos necesidad de perdón, es fácil perdonar a los demás”.

¿Nos atrevemos como Cooperadores, parte de la Familia Amigoniana, a hacer realidad en nosotros este camino? ¿Lo emprendemos juntos? ¿Cogemos la mochila y miramos a la Pascua? ¡Ánimo, no caminamos solos! Compartimos: oración y sacrificio, con la Iglesia, recorriendo el camino de la Cuaresma que no termina en la Cruz, sino en la Resurrección.

Provechoso camino cuaresmal y feliz amanecer de la Pascua.
Vuestra Presidenta,
María Isabel Salort Sala

 


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TEMA CUARTO: EL AMOR EN EL MATRIMONIO. Parte I.

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La gracia del Sacramento del Matrimonio está destinada ante todo “a perfeccionar el amor de los esposos”, a estimular el crecimiento del amor conyugal y familiar.

En el himno de la caridad de San Pablo, vemos algunas características del amor verdadero:

El amor es paciente,
es servicial;
el amor no tiene envidia,
no hace alarde,
no es arrogante,
no obra con dureza,
no busca su propio interés,
no se irrita,
no lleva cuentas del mal,
no se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad.
Todo lo disculpa,
todo lo cree,
todo lo espera,
todo lo soporta”.
(1 Co 13,4-7)

Esto se vive y se cultiva en medio de la vida que comparten todos los días los esposos, entre sí y con sus hijos.

“Dios es lento a la ira” (Ex 34,6). Es una cualidad de Dios de la Alianza que convoca a su imitación dentro de la vida familiar. La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder.
si-no-tengo-amor-nada-soySi no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales y la familia se volverá un campo de batalla. La Palabra de Dios nos exhorta: “Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad” (Ef 4,3). Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo.

San Pablo aclara que la “paciencia, no es una postura totalmente pasiva, sino que está acompañada por una actividad. Indica que el amor beneficia y promueve a los demás. Se traduce como servicial.

El amor no es sólo un sentimiento, se debe entender en el sentido que tiene el verbo “amar” en hebrero es “hacer el bien”. S. Ignacio decía “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras”.

En el amor no hay lugar para sentir malestar por el bien del otro (Hch 7,9; 17,5). Es una tristeza, la envidia por el bien ajeno, ya que muestra que no nos interesa la felicidad de los demás. Estamos concentrados en el propio bienestar. El amor, nos hace salir de nosotros mismos; la envidia por el contrario a centrarnos en el propio yo. El verdadero amor valora los logros ajenos. Acepta que cada uno tiene dones diferentes y distintos caminos de vida.

El amor nos lleva a una sentida valoración de cada ser humano, reconociendo su derecho a la felicidad. Amo a esa persona, la miro con la mirada de Dios Padre, que nos regala todo “para que lo disfrutemos” (1 Tm 6,17), y acepto en mi interior que puedo disfrutar de un buen momento.

Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse en su lugar sin pretender ser el centro. Lo que nos hace grandes es el amor que cuida y protege porque el amor no es arrogante. Lo que nos hace grandes es el amor que compre, cuida y protege al débil.

La actitud de humildad aparece como algo que es parte del amor, porque para poder comprender, disculpar o servir a los demás de corazón, es indispensable sanar el orgullo y cultivar la humildad. La lógica del amor cristiano no es la de quien se siente más que otros y necesita hacerles sentir su poder, sino que “el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro servidor” (Mt 20,27). A lo largo del antiguo testamento, con las vidas e historias del Pueblo de Israel, ya se reflejaba claramente como Dios Padre siente debilidad y predilección por los hijos menores, los más débiles y oprimidos: Isaac, Jacob, Benjamín…, como no quiere que el hombre esclavice al hombre.

manosAmar es volverse amable, no actuar con rudeza, sino con gestos agradables. El amor detesta hacer sufrir a los demás. Ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. El amor cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón.

Disponerse a un verdadero encuentro con el otro, requiere un mirada amable puesta en él que hará que no nos detengamos tanto en sus límites, ser más tolerantes y unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes. El que es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, fortalecen, consuelan, estimulan… Jesús decía: “¡Ánimo hijo!” (Mt 9,2). “¡Qué grande es tu fe!” (Mt 15,28). “¡Levántate!” (Mc 5,41). “Vete en paz” (Lc 7,50). “No tengáis miedo” (Mt 14,27). No son palabras que humillan, entristecen, irritan, que desprecian. En la familia hay que aprender este lenguaje amable.

Para amar a los demás primero hay que amarse a sí mismo. El Himno del amor, afirma que el amor “no busca su propio interés”. “No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos los intereses de los demás” (Flp 2,4).

Santo Tomás de Aquino dice: “pertenece más a la caridad querer amar que querer ser amado”. El amor puede ir más allá de la justicia y desbordarse gratis, “sin esperar nada a cambio” (Lc 6,35). El amor más grande es “dar la vida por los demás” (Jn 15,13). El Evangelio nos dice que es posible este desprendimiento que permite dar gratis y hasta el fin: “lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis” (Mt 10,8).

Evitar la irritación que nos coloca a la defensiva ante los otros. La indignación es sana cuando nos lleva a reaccionar ante una grave injusticia, pero es dañina cuando tiende a impregnar todas nuestras actitudes ante los otros.

el-sueno-de-dios-la-fliaNunca terminar el día sin hacer las paces en la familia. Bastará un simple gesto, algo pequeño para que vuelva la armonía familiar. La reacción interior ante una molestia del otro, debería ser una bendición del corazón, deseando el bien del otro pidiendo al Señor que lo libere y sane. Si tenemos que luchar contra un mal, hagámoslo, pero siempre “no” a la violencia interior.

Si dejamos que un mal sentimiento penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a ese rencor que se añeja en el corazón. Lo contrario es el perdón que se fundamenta en una actitud positiva: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).

Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, nadie dice que es fácil. Exige disponibilidad de todos a la comprensión, la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. El egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia, hieren mortalmente la propia comunión.

Para poder perdonar necesitamos pasar por la experiencia liberadora de comprendernos y perdonarnos a nosotros mismos. Hace falta orar con la propia historia, aceptarse a si mismo, saber convivir con las propias limitaciones, perdonarse para poder tener esa misma actitud con los demás.

Supone la experiencia de ser perdonados por Dios, justificados gratuitamente, no por nuestros méritos. Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros.

Se alegra con el bien del otro cuando se reconoce su dignidad, cuando se valoran sus capacidades y sus buenas obras.

La familia, lugar para celebrar lo bueno que se logra en la vida. “Dios ama al que da con alegría” (2 Co 9,7). Si no alimentamos nuestra capacidad de gozar con el bien del otro, nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría: “hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35). La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él. Este sentimiento de felicidad es algo que también se experimenta en el tema del voluntariado, servir al prójimo aporta más que lo que se da.

Contener la inclinación a lanzar una condena dura e implacable: “No condenéis y no seréis condenados” (Lc 6,37), significa guardar silencio sobre lo malo de la otra persona, limitar el juicio, no lanzar condenas duras e implacables. Detenerse a dañar la imagen del otro, es un modo de reforzar la propia, de descargar rencores y envidias sin importar el daño que causemos. Olvidamos que la difamación puede ser un gran pecado, una seria ofensa a Dios. El amor cuida la imagen de los demás, con una delicadeza que preserva la buena fama de los enemigos.

Los esposos que se aman y pertenecen, hablan bien el uno del otro, muestran el lado bueno más allá de sus debilidades y errores. Guardan silencio para no dañar su imagen. Todos somos una compleja combinación de luces y sombras. Me ama como es y como puede. Que su amor sea imperfecto, no significa que sea falso o no sea real. El amor convive con la imperfección, la disculpa y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado.

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El amor confía en el otro, reconoce la luz encendida por Dios, que se esconde detrás de la oscuridad, o la brasa que todavía arde debajo de las cenizas.

Esta confianza hace posible una relación de libertad. El amor confía, deja en libertad, renuncia a controlarlo todo, a poseer, a dominar. Esa libertad, hace posible espacios de autonomía, apertura al mundo, a nuevas experiencias, permite que la relación se enriquezca y no se convierta en un círculo cerrado, sin horizontes. Hace posible la sinceridad y transparencia, sabe que confían en él y valoran la bondad de su ser.

El amor no desespera del futuro, puede esperar porque sabe que el otro puede cambiar. Siempre cree que es posible una maduración, un brote de belleza. Hay que aceptar que algunas cosas no sucedan como uno desea, sino que quizá Dios escribe derecho en líneas torcidas de la persona y saque algún bien de los males que ella no puede superar en esta tierra.

Esta persona con todas sus debilidades, está llamada a la plenitud del cielo, transformada por la resurrección de Cristo, donde no existirán ni fragilidades ni oscuridades. Allí el verdadero ser de la persona, brillará con toda su potencia de bien y hermosura. A la luz de la esperanza recibirá la plenitud del Reino celestial.

Mantenerse firme en un ambiente hostil, soportarlo todo, no consiste sólo en tolerar cosas molestas, sino algo más amplio: una resistencia dinámica y constante, capaz de superar cualquier desafío. martin-luther-kingMartin Luther King, optaba por el amor fraterno diciendo: “La persona que más te odia tiene algo bueno en ella; la nación que más odia tiene algo bueno en ella; la raza que más odia, tiene algo bueno en ella. Y cuando llegas al punto en el que miras el rostro de cada hombre y ves muy dentro de él lo que la religión llama la «imagen de Dios», comenzaras a amarlo «a pesar de»”. Otra manera, de amar a tu enemigo, es cuando se presenta la oportunidad para que lo derrotes, entonces justo en ese momento que decides no hacerlo. La persona fuerte es la que puede romper la cadena del odio y del mal. El pecado es como una reacción en cadena, sólo genera más pecado. Pero si en medio del pecado se infunde amor, se rompe esta cadena de dolor y se empieza a caminar en la dirección correcta, a contribuir en la construcción del Reino de Dios.

En la vida familiar hace falta cultivar esa fuerza del amor, que permite luchar contra el mal que la amenaza. No se deja dominar por el rencor y el desprecio. Es amor porque sabe ir más allá de los sentimientos.

El amor que une a los esposos, santificado, enriquecido e iluminado por la gracia del sacramento del matrimonio, es una “unión afectiva”, espiritual y oblativa que recoge en sí la ternura de la amistad. Es capaz de subsistir aun cuando los sentimientos y la pasión se debilitan. Ese amor fuerte, derramado por el Espíritu Santo, es reflejo de la Alianza entre Cristo y la humanidad que culminó, en la entrega hasta el fin, en la cruz.

El matrimonio es un signo precioso, cuando “un hombre y una mujer celebran el sacramento”, Dios, se refleja en ellos e imprime en ellos los rasgos y carácter indeleble de su amor. Es la imagen del amor de Dios por nosotros. Las tres Personas de la Trinidad viven desde siempre y para siempre en unidad perfecta. Es este el misterio del matrimonio: Dios hace de los dos esposos una sola existencia. Implica el matrimonio “un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios.

El amor conyugal es “la máxima amistad”, tiene todas las características de una buena amistad; busca el bien del otro y tiene una semejanza entre los amigos que van construyendo una vida compartida. Agrega a todo ello una indisolubilidad en el proyecto de compartir y construir juntos una existencia. Los hijos no quieren sólo que sus padres se amen, sino que sigan siempre juntos.

LA PALABRA

  • Ponemos en común las conclusiones que hemos sacado del tema.
  • Repasamos el “Himno del amor” y podemos hacer resonancias.

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ORACIÓN

Crecer en el amor

Señor, Dios, haz que nuestro amor sea cada día más verdadero:

calma nuestra impaciencia y agresividad,
danos firmeza en nuestras decisiones y
confianza en la libertad de los demás,
contágianos con el lenguaje amable de Jesús.

Sumérgenos, Señor, en el dinamismo contracultural de amor.
Amén.

Damos gracias por abrir los ojos a lo que vivimos en familia.

 

CANTO

Amor sin límites de José Luis Perales

Ya podría yo tocar el sol y vaciar el mar
o intentar un lugar al sur para la libertad,
conocer el principio y fin de cada estrella
y si, me falta el amor, ya ves, yo no soy nada.El amor es la espera sin límites,
es la entrega sin límites
y es la disculpa sin límites, sin límites,
no es egoísta ni se irrita, no.El amor cree todo sin límites,
aguanta todo sin límites
y es generoso sin límites, sin límites,no tiene envidia ni sabe contar.
No pide nada.
Ya podría yo morir por ti y luego despertar
o pintar de color la luz o hacer dulce la sal.
Ser profeta del porvenir, romper el aire.
Si me falta el amor, ya ves, yo no soy nada.El amor es humilde sin límites,
es comprensivo sin límites
y es la justicia sin límites,
es siempre tierno y dice la verdad.El amor cree todo sin límites,
aguanta todo sin límites
y es generoso sin límites, sin límites,
no tiene envía ni sabe contar.
No pide nada.